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Bonnie estaba en la pista de baile con los ojos cerrados, dejando que la
música fluy era a través de ella. Cuando los abrió un instante, Meredith le hacía
señas desde un lateral. Bonnie alzó la barbilla con rebeldía, pero puesto que las
señas de Meredith se hacían más insistentes, alzó los ojos hacia Raymond y
obedeció. Raymond la acompañó.
Matt y Ed estaban detrás de Meredith. Matt tenía el entrecejo fruncido. Ed
aparecía incómodo.
—Elena acaba de irse —dijo Meredith.
—Es un país libre —repuso Bonnie.
—Se fue con Ty ler Smallwood —indicó Meredith—. Matt, ¿estás seguro de no
haber oído adonde iban?
Matt negó con la cabeza.
—Se merece lo que le suceda…, pero también es culpa mía —dijo con voz
sombría—. Deberíamos ir tras ella.
—¿Abandonar el baile? —exclamó Bonnie, y miró a Meredith, que articuló
las palabras « lo prometiste» —. No me lo puedo creer —masculló con
ferocidad.
—No sé cómo la encontraremos —observó Meredith—, pero tenemos que
intentarlo. —Luego añadió, con una voz extrañamente titubeante—. Bonnie, tú no
tendrás una idea de dónde está, ¿verdad?
—¿Qué? No, claro que no. He estado bailando. ¿Habéis oído hablar de eso,
verdad, lo que uno hace en un baile?
—Tú y Ray quedaos aquí —le dijo Matt a Ed—. Si regresa, decidle que
hemos ido a buscarla.
—Y si vamos a hacerlo, será mejor salir ahora —terció Bonnie de mala
gana.
Dio media vuelta y chocó inmediatamente con una americana oscura.
—Vaya, perdona —dijo bruscamente, alzando los ojos y encontrándose con
Stefan Salvatore.
El muchacho no dijo nada mientras ella, Meredith y Matt se dirigían hacia la
puerta, dejando a unos Raymond y Ed de aspecto desdichado tras ellos.
Las estrellas se veían lejanas y brillantes como el hielo en el cielo sin nubes.
Elena se sentía justo igual que ellas. Una parte de ella gritaba y reía con Dick,
Vickie y Tyler por encima del rugido del viento, pero otra parte observaba desde
lejos.
Ty ler aparcó a mitad de camino de la cima de la colina que conducía a la
iglesia en ruinas, dejando las luces encendidas cuando descendieron del coche.
Aunque había varios coches detrás de ellos cuando abandonaron la escuela,
parecían ser los únicos que habían conseguido recorrer todo el trayecto hasta el
cementerio.
Ty ler abrió el maletero y sacó un paquete de seis cervezas.
—Más para nosotros.
Ofreció una cerveza a Elena, que negó con la cabeza, intentando no hacer
caso de la sensación de náusea que notaba en la boca del estómago. Sentía que
era un error estar allí…, pero en modo alguno iba a reconocerlo ahora.
Ascendieron por la senda de losas, con las muchachas tambaleándose en sus
zapatos de tacón alto y apoy ándose en los muchachos. Cuando llegaron a lo alto,
Elena lanzó una exclamación ahogada y Vickie profirió un gritito.
Algo enorme y rojo flotaba justo por encima del horizonte. Elena tardó un
momento en comprender que en realidad era la luna. Era tan grande e irreal
como una pieza de utilería en una película de ciencia ficción, y su masa hinchada
brillaba pálidamente con una luz malsana.
—Como una enorme calabaza podrida —dijo Tyler, y le lanzó una piedra.
Elena se obligó a dedicarle una sonrisa radiante.
—¿Por qué no vamos adentro? —sugirió Vickie, indicando con una mano
blanca el agujero vacío que era la entrada de la iglesia.
La mayor parte del tejado se había desplomado al interior, aunque el
campanario seguía intacto; una torre que se alargaba hacia el cielo muy por
encima de ellos. Tres de las paredes seguían en pie, pero la cuarta llegaba sólo a
la altura de la rodilla. Había montones de cascotes por todas partes.
Una luz llameó junto a la mejilla de Elena, y ésta se dio la vuelta,
sobresaltada, encontrándose con Ty ler que sostenía un encendedor. El muchacho
sonrió de oreja a oreja, mostrando unos fuertes dientes blancos, y dijo:
—¿Quieres usar mi encendedor?
La carcajada de Elena fue la más sonora, para ocultar su desasosiego. Tomó
el encendedor, usándolo para iluminar el sepulcro que había en el lateral de la
iglesia. No se parecía a ninguna otra tumba del cementerio, aunque su padre
decía haber visto cosas parecidas en Inglaterra. Parecía una enorme caja de
piedra, lo bastante grande para dos personas, con dos estatuas de mármol
descansando sobre la tapa.
—Thomas Keeping Fell y Honoria Fell —dijo Tyler con un gesto
grandilocuente, como si los presentara—. Supuestamente, el viejo Thomas fundó
Fell’s Church. Aunque en realidad los Smallwood también estaban ahí por aquella
época. El tatarabuelo de mi bisabuelo vivía en el valle junto a Drowning Creek…
—… hasta que se lo comieron los lobos —intervino Dick, y echó la cabeza
hacia atrás imitando a un lobo. Luego eructó y Vickie lanzó una risita nerviosa.
Una expresión de enojo cruzó las apuestas facciones de Ty ler, pero forzó una
sonrisa.
—Thomas y Honoria están más bien pálidos —dijo Vickie, todavía riendo
nerviosamente—, creo que lo que necesitan es un poco de color.
Sacó un pintalabios de su monedero y empezó a cubrir la boca de mármol de
la estatua de la mujer de ceroso color escarlata. Elena sintió un nuevo ataque de
náuseas. De niña siempre se había sentido intimidada por la dama y el hombre
de aspecto serio que y acían con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre sus
pechos. Y después de que sus padres murieran, los había imaginado tendidos uno
al lado del otro de aquel modo en el cementerio. Pero sostuvo el encendedor
mientras la otra muchacha usaba el pintalabios para colocar un bigote y una nariz
de pay aso a Thomas Fell.
Tyler los contemplaba.
—Oíd, ahí los tenéis tan elegantes y sin un lugar al que ir. —Colocó las manos
sobre el borde de la tapa de piedra, intentando moverla lateralmente—. ¿Qué
dices tú, Dick? ¿Quieres sacarlos a dar una vuelta nocturna por la ciudad?
¿Digamos, justo por el centro de la ciudad?
« No» , pensó Elena, horrorizada, mientras Dick lanzaba una carcajada y
Vickie una serie de risotadas. Pero Dick estaba ya junto a Tyler, apuntalándose y
preparándose, con las palmas de las manos sobre la tapa de piedra.
—A la de tres —dijo Tyler, y contó—: Uno, dos, tres.
Los ojos de Elena estaban clavados en el horrible rostro de pay aso de
Thomas Fell mientras los muchachos empujaban al frente y gruñían, con los
músculos a punto de estallar bajo la ropa. No consiguieron mover la tapa ni un
centímetro.
—La maldita cosa debe de estar sujeta de algún modo —dijo Tyler con
enojo, apartándose.
Elena sintió que se le doblaban las piernas de alivio. Intentando parecer
indiferente, se apoyó en la tapa de piedra de la tumba para sostenerse… Y
entonces fue cuando sucedió.
Escuchó un chirriar de piedra y notó que la tapa se movía bajo su mano
izquierda al instante. Se alejaba de ella, haciéndole perder el equilibrio. El
encendedor salió volando, y ella gritó y volvió a gritar, intentando mantenerse en
pie. Caía a la tumba abierta, y un viento helado rugía a su alrededor. En sus oídos
sonaron chillidos.
Y entonces se encontró fuera y la luz de la luna brillaba lo suficiente para que
pudiera ver a los demás. Tyler la sujetaba. Miró a su alrededor enloquecida.
—¿Estás chiflada? ¿Qué ha sucedido? —Tyler empezó a zarandearla.
—¡Se ha movido! ¡La tapa se ha movido! Se ha deslizado a un lado y… no
sé… casi caigo dentro. Hacía frío…
Los muchachos se echaron a reír.
—A la pobre criatura le dio el tembleque —dijo Tyler—. Vamos, amigo Dick,
lo comprobaremos.
—Ty ler, no…
Pero entraron de todos modos. Vickie se quedó en la entrada, mientras Elena
temblaba. Al poco, Ty ler le hizo señas desde la puerta para que se acercara.
—Mira —dijo cuando ella volvió a entrar a regañadientes; el muchacho había
recuperado el encendedor y lo sostuvo por encima del pecho de mármol de
Thomas Fell—. Todavía encaja, está aquí la mar de quietecita. ¿Lo ves?
Elena contempló con asombro la perfecta alineación de tapa y sepulcro.
—Se ha movido. He estado a punto de caer dentro…
—Desde luego, lo que tu digas, nena.
Ty ler la rodeó con sus brazos, sujetándola contra él de espaldas. Elena miró
más allá y vio a Dick y a Vickie en una posición muy parecida, sólo que Vickie,
con los ojos cerrados, parecía estar disfrutando. Tyler restregó el poderoso
mentón por sus cabellos.
—Me gustaría regresar al baile ahora —dijo ella en tono categórico.
Hubo una pausa en la fricción. Luego Tyler suspiró y dijo:
—Claro, nena. —Miró a Dicky a Vickie—. ¿Y vosotros dos?
Dick sonrió ampliamente.
—Nos quedaremos aquí un ratito.
Vickie lanzó una risita con los ojos todavía cerrados.
—De acuerdo.
Elena se preguntó cómo regresarían, pero permitió que Tyler la condujera
afuera. Una vez en el exterior, no obstante, el muchacho se detuvo.
—No puedo dejarte marchar sin que eches un vistazo a la lápida de mi abuelo
—dijo—. Anda, vamos, Elena —insistió cuando ella empezó a protestar—, no
hieras mis sentimientos. Tienes que verla, es el orgullo y la alegría de la familia.
Elena se obligó a sonreír, aunque sentía el estómago helado. A lo mejor, si le
seguía la corriente, la sacaría de aquel lugar.
—De acuerdo —dijo, y empezó a andar hacia el cementerio.
—Por ahí no. Es por aquí.
Y al minuto siguiente la conducía hacia abajo en dirección al viejo
cementerio.
—No pasa nada, de verdad, no está lejos del sendero. Mira, ahí, ¿ves? —e
indicó algo que brillaba a la luz de la luna.
Elena lanzó una exclamación, sintiendo el corazón en un puño. Parecía una
persona allí de pie, un gigante con una cabeza redonda y calva. Y no le gustaba
estar allí en absoluto, entre las desgastadas e inclinadas lápidas de granito de
siglos pasados. La brillante luz de la luna proyectaba sombras extrañas, y había
charcos de oscuridad impenetrable por todas partes.
—No es más que la bola de la parte superior. Nada de lo que tener miedo —
dijo Ty ler, arrastrándola con él fuera del sendero y hacia la brillante lápida.
Estaba hecha de mármol rojo, y la enorme esfera que la coronaba le recordó
a Elena la abotargada luna del horizonte; una luna que en aquellos momentos
brillaba sobre ellos, tan blanca como las manos de Thomas Fell. Elena no pudo
contener sus escalofríos.
—La pobre nena tiene frío. Tendremos que calentarla —dijo Ty ler.
Elena intentó apartarle, pero él era demasiado fuerte y la rodeó con los
brazos, atray éndola hacia sí.
—Ty ler, quiero irme; quiero irme ahora mismo…
—Claro, nena, nos iremos —dijo él—. Pero primero tenemos que calentarte.
¡Caramba, estás helada!
—Ty ler, para —instó ella.
Los brazos del muchacho a su alrededor habían sido simplemente molestos,
limitando sus movimientos, pero en aquel momento, con una sensación de
sobresalto, sintió sus manos en su cuerpo, tanteando en busca de carne desnuda.
Elena no había estado nunca en su vida en una situación como aquélla, muy
lejos de cualquier ay uda. Dirigió un afilado tacón al empeine del chico, pero él lo
esquivó.
—Ty ler, quítame las manos de encima.
—Vamos, Elena, no seas así, sólo quiero calentarte todo el cuerpo…
—Ty ler, suéltame —le espetó con voz ahogada.
Intentó desasirse de él. Ty ler dio un traspié, y entonces todo su peso cayó
sobre ella, aplastándola contra la maraña de hiedra y maleza del suelo. Elena
estaba desesperada.
—Te mataré, Tyler. Lo digo en serio. Sal de encima.
De manera patosa y descoordinada, Ty ler intentó echarse a un lado, riendo
estúpidamente.
—¡Ah!, vamos, Elena, no seas tonta. Sólo te estaba calentando. Elena la
princesa de hielo, calentándose… Estás más caliente ahora, ¿verdad?
Entonces Elena sintió su boca caliente y húmeda sobre el rostro. Seguía
inmovilizada por él, y sus empalagosos besos descendían por su garganta. Oy ó
ropa que se desgarraba.
—¡Uy! —farfulló Tyler—. Lo siento.
Elena torció la cabeza y su boca encontró la mano de Ty ler, que le acariciaba
torpemente la mejilla. La mordió, hundiendo los dientes en la carnosa palma.
Mordió con fuerza, sintiendo el sabor de la sangre mientras escuchaba el alarido
de dolor del muchacho. La mano se apartó violentamente.
—¡Eh! ¡Dije que lo lamentaba!
Ty ler contempló ofendido la mano herida. Entonces su cara se ensombreció,
mientras, sin dejar de mirarla fijamente, la cerraba con virtiéndola en un puño.
« Ya está —pensó Elena con una tranquilidad de pesadilla—. O bien me va a
dejar sin sentido o me matará.» Se preparó para el golpe.
Stefan se había resistido a entrar en el cementerio; todo en su interior había
gritado en contra. La última vez que había estado allí había sido la noche del
anciano.
El horror se removió en sus tripas otra vez al recordarlo. Habría jurado que
no había desangrado al hombre que vivía bajo el puente, que no había tomado
sangre suficiente como para lastimarlo. Pero todo aquella noche tras la oleada de
Poder estaba embrollado, confuso. Si es que había existido una oleada de Poder
después de todo. Quizá había sido su propia imaginación o incluso la había
provocado él. Podían suceder cosas extrañas cuando la necesidad se
descontrolaba.
Cerró los ojos. Cuando se enteró de que el anciano estaba hospitalizado, a las
puertas de la muerte, la conmoción fue inenarrable. ¿Cómo había podido ser
capaz de descontrolarse de aquel modo? Hasta matar, casi, cuando no había
matado desde…
No iba a permitirse pensar en eso.
En aquel momento, de pie frente a la verja del cementerio en la oscuridad de
la medianoche, lo que más deseaba era dar media vuelta y marchar. Regresar al
baile donde había dejado a Caroline, aquella criatura cimbreante y bronceada
por el sol que estaba totalmente a salvo porque no significaba absolutamente nada
para él.
Pero no podía regresar, porque Elena estaba en el cementerio. La percibía, y
percibía su creciente angustia. Elena estaba en el cementerio y en apuros, y él
tenía que encontrarla.
Estaba a mitad de camino colina arriba cuando tuvo un mareo. Le hizo
tambalearse mientras seguía avanzando penosamente en dirección a la iglesia
porque era la única cosa en la que podía concentrar la mirada. Oleadas grises de
niebla barrían su cerebro, y luchó por seguir moviéndose. Débil, se sentía tan
débil… E impotente ante el poder absoluto de aquel vértigo.
Necesitaba… llegar hasta Elena. Pero estaba débil. No podía estar… débil…
si tenía que ay udar a Elena. Necesitaba…
La cavidad que era la puerta de la iglesia apareció ante él.
Elena vio la luna sobre el hombro izquierdo de Tyler. Resultaba extrañamente
apropiado que fuera a ser la última cosa que viera, se dijo. El grito había quedado
atrapado en su garganta, sofocado por el miedo.
Y entonces algo levantó a Tyler y lo arrojó contra la lápida de su abuelo.
Eso fue lo que le pareció a Elena, que rodó a un lado, sin aliento, sujetando
con una mano el vestido desgarrado mientras la otra buscaba a tientas un arma.
No la necesitó. Algo se movió en la oscuridad, y vio a la persona que le había
sacado a Ty ler de encima. Stefan Salvatore. Pero era un Stefan que no había
visto nunca, aquel rostro de facciones elegantes estaba lívido y enfurecido, y
había una luz asesina en aquellos ojos verdes. Sin siquiera moverse, Stefan
emanaba tal cólera y amenaza que Elena descubrió que sentía más miedo de él
del que había sentido de Tyler.
—La primera vez que te vi, supe que jamás aprenderías buenos modales —
dijo Stefan.
La voz del joven era baja, fría y suave, y en cierto modo hizo que Elena se
sintiera mareada. No podía dejar de mirarle mientras él avanzaba hacia Ty ler,
que meneaba la cabeza, aturdido, y empezaba a incorporarse. Stefan se movía
como un bailarín, cada movimiento natural y controlado con precisión.
—Pero no tenía ni idea de que tu carácter estuviera tan poco desarrollado.
Golpeó a Tyler. El muchacho, que era más grande que él, había estado
alargando una mano carnosa, y Stefan le golpeó casi con despreocupación en un
lado del rostro, antes de que la mano estableciera contacto.
Ty ler salió volando contra otra lápida. Se puso en pie gateando y se quedó allí
quieto, jadeando, con los ojos en blanco. Elena vio descender un hilillo de sangre
de su nariz. Entonces Tyler cargó.
—Un caballero no impone su compañía a nadie —dijo Stefan, y lo derribó a
un lado.
Ty ler volvió a caer despatarrado al suelo, boca abajo sobre la maleza y los
brezos. En esa ocasión fue más lento en incorporarse y manaba sangre de sus dos
orificios nasales y de la boca. Resoplaba como un caballo asustado cuando se
arrojó sobre Stefan.
Este agarró la parte frontal de la chaqueta de Ty ler, haciendo que los dos
giraran en redondo y absorbiendo el impacto de la violenta embestida. Zarandeó
a Tyler dos veces, con fuerza, mientras aquellos puños rechonchos giraban como
molinillos a su alrededor, sin poder asestarle un puñetazo. Luego dejó caer al
muchacho.
—No se insulta a una señora —siguió.
El rostro de Ty ler estaba contraído, tenía los ojos en blanco, pero intentó
agarrar la pierna de Stefan. Este le puso en pie de un tirón y volvió a zarandearlo;
Tyler se quedó flácido como un muñeco de trapo, con los ojos en blanco. Stefan
siguió hablando, sosteniendo el pesado cuerpo en posición vertical y recalcando
cada palabra con un zarandeo capaz de dislocar todos los huesos.
—Y, por encima de todo, no se le hace daño…
—¡Stefan! —gritó Elena.
La cabeza de Ty ler se movía violentamente adelante y atrás con cada
sacudida, y ella estaba asustada de lo que veía; asustada de lo que Stefan pudiera
hacer. Y asustada por encima de todo de la voz de Stefan, aquella voz fría que era
como un estoque en danza, hermoso y mortífero y totalmente implacable.
—Stefan, para.
El joven giró violentamente la cabeza hacia ella, sobresaltado, como si
hubiese olvidado su presencia. Por un momento la miró sin reconocerla, los ojos
negros a la luz de la luna, y ella pensó en algún depredador, en alguna ave
enorme o un carnívoro de piel lustrosa incapaz de sentir emociones humanas.
Luego la comprensión apareció en su rostro y parte de la oscuridad desapareció
de la mirada.
Bajó los ojos hacia la cabeza colgante de Ty ler y a continuación lo depositó
con cuidado contra la lápida de mármol rojo. Las rodillas del muchacho se
doblaron y resbaló a lo largo de su superficie, pero, con gran alivio por parte de
Elena, sus ojos se abrieron; al menos el izquierdo lo hizo. El derecho se estaba
hinchando hasta convertirse en una mera rendija.
—Estará bien —dijo Stefan vagamente.
Al desaparecer su miedo, Elena se sintió vacía. « La conmoción —pensó—.
Padezco una conmoción. Probablemente empezaré a chillar como una histérica
en cualquier momento.»
—¿Hay alguien que pueda llevarte a casa? —inquirió Stefan, todavía con
aquella voz espeluznantemente amortiguada.
Elena pensó en Dick y Vickie, haciendo Dios sabía qué junto a la estatua de
Thomas Fell.
—No —respondió.
Su cerebro empezaba a funcionar otra vez, a reparar en las cosas a su
alrededor. El vestido violeta estaba desgarrado a lo largo de la parte delantera;
estaba destrozado. Mecánicamente, lo cerró sobre su sujetador.
—Te llevaré yo —dijo Stefan.
Incluso a través del aturdimiento, Elena se estremeció de miedo por un
instante. Le miró, una figura extrañamente elegante en medio de las tumbas, el
rostro pálido a la luz de la luna. Jamás le había parecido tan… tan bello, pero
aquella belleza era casi foránea. No sólo extranjera, sino inhumana, porque
ningún humano podía proy ectar aquella aura de poder, o de distancia.
—Gracias, eres muy amable —respondió despacio; no se podía hacer otra
cosa.
Dejaron a Tyler incorporándose penosamente junto a la tumba de su
antepasado. Elena sintió otro escalofrío cuando llegaron al sendero y Stefan giró
en dirección al puente Wickery.
—He dejado mi coche en la casa de huéspedes —dijo—. Éste es el camino
más rápido que tenemos para regresar.
—¿Has venido por aquí?
—No; no he cruzado el puente. Pero no pasará nada.
Elena le creyó. Pálido y silencioso, el muchacho anduvo junto a ella sin
tocarla, excepto cuando se quitó la americana para colocársela sobre los
hombros desnudos. Se sentía curiosamente segura de que Stefan mataría a
cualquiera que intentara meterse con ella.
El puente Wickery aparecía blanco bajo la luz de la luna, y por debajo las
aguas heladas se arremolinaban sobre antiguas rocas. Todo el mundo estaba
quieto, hermoso y frío mientras pasaban bajo los robles en dirección a la
estrecha carretera rural.
Dejaron atrás pastos vallados y campos oscuros hasta alcanzar un largo
camino curvo. La casa de huéspedes era un edificio enorme de ladrillo rojo
óxido fabricado con la arcilla del lugar y estaba flanqueada por cedros y arces
antiquísimos. Todas las ventanas excepto una estaban a oscuras.
Stefan abrió con la llave una de las puertas dobles y entraron en un pequeño
vestíbulo, con un tramo de escaleras directamente frente a ellos. El pasamanos,
igual que las puertas, era de auténtico roble claro, tan pulido que parecía refulgir.
Subieron la escalera hasta el rellano de un segundo piso que estaba
pobremente iluminado. Ante la sorpresa de Elena, Stefan la condujo al interior de
uno de los dormitorios y abrió lo que parecía la puerta de un armario. A través de
ella distinguió una escalera muy estrecha y empinada.
Qué lugar más extraño, se dijo, con aquella escalera secreta enterrada en el
corazón de la casa, adonde no podía llegar ningún sonido del exterior. Alcanzó lo
alto de las escaleras y penetró en una gran habitación que constituía todo el tercer
piso de la casa.
Estaba casi tan pobremente iluminada como la escalera, pero Elena pudo ver
el manchado suelo de madera y las vigas al descubierto en el techo inclinado.
Había ventanales en todos los lados, y muchos baúles desperdigados entre unas
cuantas piezas de mobiliario de madera maciza.
Advirtió que él la observaba.
—¿Hay algún cuarto de baño donde…?
Stefan le indicó con la cabeza una puerta. Ella se quitó la americana, se la
tendió sin mirarle y entró.
Bonnie estaba en la pista de baile con los ojos cerrados, dejando que la
música fluy era a través de ella. Cuando los abrió un instante, Meredith le hacía
señas desde un lateral. Bonnie alzó la barbilla con rebeldía, pero puesto que las
señas de Meredith se hacían más insistentes, alzó los ojos hacia Raymond y
obedeció. Raymond la acompañó.
Matt y Ed estaban detrás de Meredith. Matt tenía el entrecejo fruncido. Ed
aparecía incómodo.
—Elena acaba de irse —dijo Meredith.
—Es un país libre —repuso Bonnie.
—Se fue con Ty ler Smallwood —indicó Meredith—. Matt, ¿estás seguro de no
haber oído adonde iban?
Matt negó con la cabeza.
—Se merece lo que le suceda…, pero también es culpa mía —dijo con voz
sombría—. Deberíamos ir tras ella.
—¿Abandonar el baile? —exclamó Bonnie, y miró a Meredith, que articuló
las palabras « lo prometiste» —. No me lo puedo creer —masculló con
ferocidad.
—No sé cómo la encontraremos —observó Meredith—, pero tenemos que
intentarlo. —Luego añadió, con una voz extrañamente titubeante—. Bonnie, tú no
tendrás una idea de dónde está, ¿verdad?
—¿Qué? No, claro que no. He estado bailando. ¿Habéis oído hablar de eso,
verdad, lo que uno hace en un baile?
—Tú y Ray quedaos aquí —le dijo Matt a Ed—. Si regresa, decidle que
hemos ido a buscarla.
—Y si vamos a hacerlo, será mejor salir ahora —terció Bonnie de mala
gana.
Dio media vuelta y chocó inmediatamente con una americana oscura.
—Vaya, perdona —dijo bruscamente, alzando los ojos y encontrándose con
Stefan Salvatore.
El muchacho no dijo nada mientras ella, Meredith y Matt se dirigían hacia la
puerta, dejando a unos Raymond y Ed de aspecto desdichado tras ellos.
Las estrellas se veían lejanas y brillantes como el hielo en el cielo sin nubes.
Elena se sentía justo igual que ellas. Una parte de ella gritaba y reía con Dick,
Vickie y Tyler por encima del rugido del viento, pero otra parte observaba desde
lejos.
Ty ler aparcó a mitad de camino de la cima de la colina que conducía a la
iglesia en ruinas, dejando las luces encendidas cuando descendieron del coche.
Aunque había varios coches detrás de ellos cuando abandonaron la escuela,
parecían ser los únicos que habían conseguido recorrer todo el trayecto hasta el
cementerio.
Ty ler abrió el maletero y sacó un paquete de seis cervezas.
—Más para nosotros.
Ofreció una cerveza a Elena, que negó con la cabeza, intentando no hacer
caso de la sensación de náusea que notaba en la boca del estómago. Sentía que
era un error estar allí…, pero en modo alguno iba a reconocerlo ahora.
Ascendieron por la senda de losas, con las muchachas tambaleándose en sus
zapatos de tacón alto y apoy ándose en los muchachos. Cuando llegaron a lo alto,
Elena lanzó una exclamación ahogada y Vickie profirió un gritito.
Algo enorme y rojo flotaba justo por encima del horizonte. Elena tardó un
momento en comprender que en realidad era la luna. Era tan grande e irreal
como una pieza de utilería en una película de ciencia ficción, y su masa hinchada
brillaba pálidamente con una luz malsana.
—Como una enorme calabaza podrida —dijo Tyler, y le lanzó una piedra.
Elena se obligó a dedicarle una sonrisa radiante.
—¿Por qué no vamos adentro? —sugirió Vickie, indicando con una mano
blanca el agujero vacío que era la entrada de la iglesia.
La mayor parte del tejado se había desplomado al interior, aunque el
campanario seguía intacto; una torre que se alargaba hacia el cielo muy por
encima de ellos. Tres de las paredes seguían en pie, pero la cuarta llegaba sólo a
la altura de la rodilla. Había montones de cascotes por todas partes.
Una luz llameó junto a la mejilla de Elena, y ésta se dio la vuelta,
sobresaltada, encontrándose con Ty ler que sostenía un encendedor. El muchacho
sonrió de oreja a oreja, mostrando unos fuertes dientes blancos, y dijo:
—¿Quieres usar mi encendedor?
La carcajada de Elena fue la más sonora, para ocultar su desasosiego. Tomó
el encendedor, usándolo para iluminar el sepulcro que había en el lateral de la
iglesia. No se parecía a ninguna otra tumba del cementerio, aunque su padre
decía haber visto cosas parecidas en Inglaterra. Parecía una enorme caja de
piedra, lo bastante grande para dos personas, con dos estatuas de mármol
descansando sobre la tapa.
—Thomas Keeping Fell y Honoria Fell —dijo Tyler con un gesto
grandilocuente, como si los presentara—. Supuestamente, el viejo Thomas fundó
Fell’s Church. Aunque en realidad los Smallwood también estaban ahí por aquella
época. El tatarabuelo de mi bisabuelo vivía en el valle junto a Drowning Creek…
—… hasta que se lo comieron los lobos —intervino Dick, y echó la cabeza
hacia atrás imitando a un lobo. Luego eructó y Vickie lanzó una risita nerviosa.
Una expresión de enojo cruzó las apuestas facciones de Ty ler, pero forzó una
sonrisa.
—Thomas y Honoria están más bien pálidos —dijo Vickie, todavía riendo
nerviosamente—, creo que lo que necesitan es un poco de color.
Sacó un pintalabios de su monedero y empezó a cubrir la boca de mármol de
la estatua de la mujer de ceroso color escarlata. Elena sintió un nuevo ataque de
náuseas. De niña siempre se había sentido intimidada por la dama y el hombre
de aspecto serio que y acían con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre sus
pechos. Y después de que sus padres murieran, los había imaginado tendidos uno
al lado del otro de aquel modo en el cementerio. Pero sostuvo el encendedor
mientras la otra muchacha usaba el pintalabios para colocar un bigote y una nariz
de pay aso a Thomas Fell.
Tyler los contemplaba.
—Oíd, ahí los tenéis tan elegantes y sin un lugar al que ir. —Colocó las manos
sobre el borde de la tapa de piedra, intentando moverla lateralmente—. ¿Qué
dices tú, Dick? ¿Quieres sacarlos a dar una vuelta nocturna por la ciudad?
¿Digamos, justo por el centro de la ciudad?
« No» , pensó Elena, horrorizada, mientras Dick lanzaba una carcajada y
Vickie una serie de risotadas. Pero Dick estaba ya junto a Tyler, apuntalándose y
preparándose, con las palmas de las manos sobre la tapa de piedra.
—A la de tres —dijo Tyler, y contó—: Uno, dos, tres.
Los ojos de Elena estaban clavados en el horrible rostro de pay aso de
Thomas Fell mientras los muchachos empujaban al frente y gruñían, con los
músculos a punto de estallar bajo la ropa. No consiguieron mover la tapa ni un
centímetro.
—La maldita cosa debe de estar sujeta de algún modo —dijo Tyler con
enojo, apartándose.
Elena sintió que se le doblaban las piernas de alivio. Intentando parecer
indiferente, se apoyó en la tapa de piedra de la tumba para sostenerse… Y
entonces fue cuando sucedió.
Escuchó un chirriar de piedra y notó que la tapa se movía bajo su mano
izquierda al instante. Se alejaba de ella, haciéndole perder el equilibrio. El
encendedor salió volando, y ella gritó y volvió a gritar, intentando mantenerse en
pie. Caía a la tumba abierta, y un viento helado rugía a su alrededor. En sus oídos
sonaron chillidos.
Y entonces se encontró fuera y la luz de la luna brillaba lo suficiente para que
pudiera ver a los demás. Tyler la sujetaba. Miró a su alrededor enloquecida.
—¿Estás chiflada? ¿Qué ha sucedido? —Tyler empezó a zarandearla.
—¡Se ha movido! ¡La tapa se ha movido! Se ha deslizado a un lado y… no
sé… casi caigo dentro. Hacía frío…
Los muchachos se echaron a reír.
—A la pobre criatura le dio el tembleque —dijo Tyler—. Vamos, amigo Dick,
lo comprobaremos.
—Ty ler, no…
Pero entraron de todos modos. Vickie se quedó en la entrada, mientras Elena
temblaba. Al poco, Ty ler le hizo señas desde la puerta para que se acercara.
—Mira —dijo cuando ella volvió a entrar a regañadientes; el muchacho había
recuperado el encendedor y lo sostuvo por encima del pecho de mármol de
Thomas Fell—. Todavía encaja, está aquí la mar de quietecita. ¿Lo ves?
Elena contempló con asombro la perfecta alineación de tapa y sepulcro.
—Se ha movido. He estado a punto de caer dentro…
—Desde luego, lo que tu digas, nena.
Ty ler la rodeó con sus brazos, sujetándola contra él de espaldas. Elena miró
más allá y vio a Dick y a Vickie en una posición muy parecida, sólo que Vickie,
con los ojos cerrados, parecía estar disfrutando. Tyler restregó el poderoso
mentón por sus cabellos.
—Me gustaría regresar al baile ahora —dijo ella en tono categórico.
Hubo una pausa en la fricción. Luego Tyler suspiró y dijo:
—Claro, nena. —Miró a Dicky a Vickie—. ¿Y vosotros dos?
Dick sonrió ampliamente.
—Nos quedaremos aquí un ratito.
Vickie lanzó una risita con los ojos todavía cerrados.
—De acuerdo.
Elena se preguntó cómo regresarían, pero permitió que Tyler la condujera
afuera. Una vez en el exterior, no obstante, el muchacho se detuvo.
—No puedo dejarte marchar sin que eches un vistazo a la lápida de mi abuelo
—dijo—. Anda, vamos, Elena —insistió cuando ella empezó a protestar—, no
hieras mis sentimientos. Tienes que verla, es el orgullo y la alegría de la familia.
Elena se obligó a sonreír, aunque sentía el estómago helado. A lo mejor, si le
seguía la corriente, la sacaría de aquel lugar.
—De acuerdo —dijo, y empezó a andar hacia el cementerio.
—Por ahí no. Es por aquí.
Y al minuto siguiente la conducía hacia abajo en dirección al viejo
cementerio.
—No pasa nada, de verdad, no está lejos del sendero. Mira, ahí, ¿ves? —e
indicó algo que brillaba a la luz de la luna.
Elena lanzó una exclamación, sintiendo el corazón en un puño. Parecía una
persona allí de pie, un gigante con una cabeza redonda y calva. Y no le gustaba
estar allí en absoluto, entre las desgastadas e inclinadas lápidas de granito de
siglos pasados. La brillante luz de la luna proyectaba sombras extrañas, y había
charcos de oscuridad impenetrable por todas partes.
—No es más que la bola de la parte superior. Nada de lo que tener miedo —
dijo Ty ler, arrastrándola con él fuera del sendero y hacia la brillante lápida.
Estaba hecha de mármol rojo, y la enorme esfera que la coronaba le recordó
a Elena la abotargada luna del horizonte; una luna que en aquellos momentos
brillaba sobre ellos, tan blanca como las manos de Thomas Fell. Elena no pudo
contener sus escalofríos.
—La pobre nena tiene frío. Tendremos que calentarla —dijo Ty ler.
Elena intentó apartarle, pero él era demasiado fuerte y la rodeó con los
brazos, atray éndola hacia sí.
—Ty ler, quiero irme; quiero irme ahora mismo…
—Claro, nena, nos iremos —dijo él—. Pero primero tenemos que calentarte.
¡Caramba, estás helada!
—Ty ler, para —instó ella.
Los brazos del muchacho a su alrededor habían sido simplemente molestos,
limitando sus movimientos, pero en aquel momento, con una sensación de
sobresalto, sintió sus manos en su cuerpo, tanteando en busca de carne desnuda.
Elena no había estado nunca en su vida en una situación como aquélla, muy
lejos de cualquier ay uda. Dirigió un afilado tacón al empeine del chico, pero él lo
esquivó.
—Ty ler, quítame las manos de encima.
—Vamos, Elena, no seas así, sólo quiero calentarte todo el cuerpo…
—Ty ler, suéltame —le espetó con voz ahogada.
Intentó desasirse de él. Ty ler dio un traspié, y entonces todo su peso cayó
sobre ella, aplastándola contra la maraña de hiedra y maleza del suelo. Elena
estaba desesperada.
—Te mataré, Tyler. Lo digo en serio. Sal de encima.
De manera patosa y descoordinada, Ty ler intentó echarse a un lado, riendo
estúpidamente.
—¡Ah!, vamos, Elena, no seas tonta. Sólo te estaba calentando. Elena la
princesa de hielo, calentándose… Estás más caliente ahora, ¿verdad?
Entonces Elena sintió su boca caliente y húmeda sobre el rostro. Seguía
inmovilizada por él, y sus empalagosos besos descendían por su garganta. Oy ó
ropa que se desgarraba.
—¡Uy! —farfulló Tyler—. Lo siento.
Elena torció la cabeza y su boca encontró la mano de Ty ler, que le acariciaba
torpemente la mejilla. La mordió, hundiendo los dientes en la carnosa palma.
Mordió con fuerza, sintiendo el sabor de la sangre mientras escuchaba el alarido
de dolor del muchacho. La mano se apartó violentamente.
—¡Eh! ¡Dije que lo lamentaba!
Ty ler contempló ofendido la mano herida. Entonces su cara se ensombreció,
mientras, sin dejar de mirarla fijamente, la cerraba con virtiéndola en un puño.
« Ya está —pensó Elena con una tranquilidad de pesadilla—. O bien me va a
dejar sin sentido o me matará.» Se preparó para el golpe.
Stefan se había resistido a entrar en el cementerio; todo en su interior había
gritado en contra. La última vez que había estado allí había sido la noche del
anciano.
El horror se removió en sus tripas otra vez al recordarlo. Habría jurado que
no había desangrado al hombre que vivía bajo el puente, que no había tomado
sangre suficiente como para lastimarlo. Pero todo aquella noche tras la oleada de
Poder estaba embrollado, confuso. Si es que había existido una oleada de Poder
después de todo. Quizá había sido su propia imaginación o incluso la había
provocado él. Podían suceder cosas extrañas cuando la necesidad se
descontrolaba.
Cerró los ojos. Cuando se enteró de que el anciano estaba hospitalizado, a las
puertas de la muerte, la conmoción fue inenarrable. ¿Cómo había podido ser
capaz de descontrolarse de aquel modo? Hasta matar, casi, cuando no había
matado desde…
No iba a permitirse pensar en eso.
En aquel momento, de pie frente a la verja del cementerio en la oscuridad de
la medianoche, lo que más deseaba era dar media vuelta y marchar. Regresar al
baile donde había dejado a Caroline, aquella criatura cimbreante y bronceada
por el sol que estaba totalmente a salvo porque no significaba absolutamente nada
para él.
Pero no podía regresar, porque Elena estaba en el cementerio. La percibía, y
percibía su creciente angustia. Elena estaba en el cementerio y en apuros, y él
tenía que encontrarla.
Estaba a mitad de camino colina arriba cuando tuvo un mareo. Le hizo
tambalearse mientras seguía avanzando penosamente en dirección a la iglesia
porque era la única cosa en la que podía concentrar la mirada. Oleadas grises de
niebla barrían su cerebro, y luchó por seguir moviéndose. Débil, se sentía tan
débil… E impotente ante el poder absoluto de aquel vértigo.
Necesitaba… llegar hasta Elena. Pero estaba débil. No podía estar… débil…
si tenía que ay udar a Elena. Necesitaba…
La cavidad que era la puerta de la iglesia apareció ante él.
Elena vio la luna sobre el hombro izquierdo de Tyler. Resultaba extrañamente
apropiado que fuera a ser la última cosa que viera, se dijo. El grito había quedado
atrapado en su garganta, sofocado por el miedo.
Y entonces algo levantó a Tyler y lo arrojó contra la lápida de su abuelo.
Eso fue lo que le pareció a Elena, que rodó a un lado, sin aliento, sujetando
con una mano el vestido desgarrado mientras la otra buscaba a tientas un arma.
No la necesitó. Algo se movió en la oscuridad, y vio a la persona que le había
sacado a Ty ler de encima. Stefan Salvatore. Pero era un Stefan que no había
visto nunca, aquel rostro de facciones elegantes estaba lívido y enfurecido, y
había una luz asesina en aquellos ojos verdes. Sin siquiera moverse, Stefan
emanaba tal cólera y amenaza que Elena descubrió que sentía más miedo de él
del que había sentido de Tyler.
—La primera vez que te vi, supe que jamás aprenderías buenos modales —
dijo Stefan.
La voz del joven era baja, fría y suave, y en cierto modo hizo que Elena se
sintiera mareada. No podía dejar de mirarle mientras él avanzaba hacia Ty ler,
que meneaba la cabeza, aturdido, y empezaba a incorporarse. Stefan se movía
como un bailarín, cada movimiento natural y controlado con precisión.
—Pero no tenía ni idea de que tu carácter estuviera tan poco desarrollado.
Golpeó a Tyler. El muchacho, que era más grande que él, había estado
alargando una mano carnosa, y Stefan le golpeó casi con despreocupación en un
lado del rostro, antes de que la mano estableciera contacto.
Ty ler salió volando contra otra lápida. Se puso en pie gateando y se quedó allí
quieto, jadeando, con los ojos en blanco. Elena vio descender un hilillo de sangre
de su nariz. Entonces Tyler cargó.
—Un caballero no impone su compañía a nadie —dijo Stefan, y lo derribó a
un lado.
Ty ler volvió a caer despatarrado al suelo, boca abajo sobre la maleza y los
brezos. En esa ocasión fue más lento en incorporarse y manaba sangre de sus dos
orificios nasales y de la boca. Resoplaba como un caballo asustado cuando se
arrojó sobre Stefan.
Este agarró la parte frontal de la chaqueta de Ty ler, haciendo que los dos
giraran en redondo y absorbiendo el impacto de la violenta embestida. Zarandeó
a Tyler dos veces, con fuerza, mientras aquellos puños rechonchos giraban como
molinillos a su alrededor, sin poder asestarle un puñetazo. Luego dejó caer al
muchacho.
—No se insulta a una señora —siguió.
El rostro de Ty ler estaba contraído, tenía los ojos en blanco, pero intentó
agarrar la pierna de Stefan. Este le puso en pie de un tirón y volvió a zarandearlo;
Tyler se quedó flácido como un muñeco de trapo, con los ojos en blanco. Stefan
siguió hablando, sosteniendo el pesado cuerpo en posición vertical y recalcando
cada palabra con un zarandeo capaz de dislocar todos los huesos.
—Y, por encima de todo, no se le hace daño…
—¡Stefan! —gritó Elena.
La cabeza de Ty ler se movía violentamente adelante y atrás con cada
sacudida, y ella estaba asustada de lo que veía; asustada de lo que Stefan pudiera
hacer. Y asustada por encima de todo de la voz de Stefan, aquella voz fría que era
como un estoque en danza, hermoso y mortífero y totalmente implacable.
—Stefan, para.
El joven giró violentamente la cabeza hacia ella, sobresaltado, como si
hubiese olvidado su presencia. Por un momento la miró sin reconocerla, los ojos
negros a la luz de la luna, y ella pensó en algún depredador, en alguna ave
enorme o un carnívoro de piel lustrosa incapaz de sentir emociones humanas.
Luego la comprensión apareció en su rostro y parte de la oscuridad desapareció
de la mirada.
Bajó los ojos hacia la cabeza colgante de Ty ler y a continuación lo depositó
con cuidado contra la lápida de mármol rojo. Las rodillas del muchacho se
doblaron y resbaló a lo largo de su superficie, pero, con gran alivio por parte de
Elena, sus ojos se abrieron; al menos el izquierdo lo hizo. El derecho se estaba
hinchando hasta convertirse en una mera rendija.
—Estará bien —dijo Stefan vagamente.
Al desaparecer su miedo, Elena se sintió vacía. « La conmoción —pensó—.
Padezco una conmoción. Probablemente empezaré a chillar como una histérica
en cualquier momento.»
—¿Hay alguien que pueda llevarte a casa? —inquirió Stefan, todavía con
aquella voz espeluznantemente amortiguada.
Elena pensó en Dick y Vickie, haciendo Dios sabía qué junto a la estatua de
Thomas Fell.
—No —respondió.
Su cerebro empezaba a funcionar otra vez, a reparar en las cosas a su
alrededor. El vestido violeta estaba desgarrado a lo largo de la parte delantera;
estaba destrozado. Mecánicamente, lo cerró sobre su sujetador.
—Te llevaré yo —dijo Stefan.
Incluso a través del aturdimiento, Elena se estremeció de miedo por un
instante. Le miró, una figura extrañamente elegante en medio de las tumbas, el
rostro pálido a la luz de la luna. Jamás le había parecido tan… tan bello, pero
aquella belleza era casi foránea. No sólo extranjera, sino inhumana, porque
ningún humano podía proy ectar aquella aura de poder, o de distancia.
—Gracias, eres muy amable —respondió despacio; no se podía hacer otra
cosa.
Dejaron a Tyler incorporándose penosamente junto a la tumba de su
antepasado. Elena sintió otro escalofrío cuando llegaron al sendero y Stefan giró
en dirección al puente Wickery.
—He dejado mi coche en la casa de huéspedes —dijo—. Éste es el camino
más rápido que tenemos para regresar.
—¿Has venido por aquí?
—No; no he cruzado el puente. Pero no pasará nada.
Elena le creyó. Pálido y silencioso, el muchacho anduvo junto a ella sin
tocarla, excepto cuando se quitó la americana para colocársela sobre los
hombros desnudos. Se sentía curiosamente segura de que Stefan mataría a
cualquiera que intentara meterse con ella.
El puente Wickery aparecía blanco bajo la luz de la luna, y por debajo las
aguas heladas se arremolinaban sobre antiguas rocas. Todo el mundo estaba
quieto, hermoso y frío mientras pasaban bajo los robles en dirección a la
estrecha carretera rural.
Dejaron atrás pastos vallados y campos oscuros hasta alcanzar un largo
camino curvo. La casa de huéspedes era un edificio enorme de ladrillo rojo
óxido fabricado con la arcilla del lugar y estaba flanqueada por cedros y arces
antiquísimos. Todas las ventanas excepto una estaban a oscuras.
Stefan abrió con la llave una de las puertas dobles y entraron en un pequeño
vestíbulo, con un tramo de escaleras directamente frente a ellos. El pasamanos,
igual que las puertas, era de auténtico roble claro, tan pulido que parecía refulgir.
Subieron la escalera hasta el rellano de un segundo piso que estaba
pobremente iluminado. Ante la sorpresa de Elena, Stefan la condujo al interior de
uno de los dormitorios y abrió lo que parecía la puerta de un armario. A través de
ella distinguió una escalera muy estrecha y empinada.
Qué lugar más extraño, se dijo, con aquella escalera secreta enterrada en el
corazón de la casa, adonde no podía llegar ningún sonido del exterior. Alcanzó lo
alto de las escaleras y penetró en una gran habitación que constituía todo el tercer
piso de la casa.
Estaba casi tan pobremente iluminada como la escalera, pero Elena pudo ver
el manchado suelo de madera y las vigas al descubierto en el techo inclinado.
Había ventanales en todos los lados, y muchos baúles desperdigados entre unas
cuantas piezas de mobiliario de madera maciza.
Advirtió que él la observaba.
—¿Hay algún cuarto de baño donde…?
Stefan le indicó con la cabeza una puerta. Ella se quitó la americana, se la
tendió sin mirarle y entró.
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