Entradas

FINAL 16

16 Elena marchaba a toda prisa hacia el instituto Robert E. Lee, sintiendo como si llevara años sin aparecer por allí. La noche anterior parecía igual que algo de su lejana infancia, apenas recordado. Pero sabía que ese día tendría que enfrentarse a sus consecuencias. La noche anterior había tenido que enfrentarse a tía Judith. Ella se había sentido terriblemente trastornada cuando unos vecinos le hablaron sobre el asesinato, y más trastornada aún por el hecho de que nadie parecía saber dónde estaba su sobrina. Cuando Elena llegó por fin a casa, cerca de las dos de la madrugada, su tía estaba muerta de preocupación. Elena no había sido capaz de dar una explicación. Sólo podía decir que había estado con Stefan, que sabía que lo habían acusado y que sabía que era inocente. Todo el resto, todo lo demás que había sucedido, tuvo que guardárselo para sí. Incluso aunque tía Judith la hubiera creído, jamás lo habría comprendido. Y esa mañana Elena se había dormido, y ahora llegab...

15

15 En cuanto dejó a Elena en su casa, Stefan fue al bosque. Tomó la carretera de Old Creek y condujo bajo las sombrías nubes, a través de las cuales no se distinguía ni un retazo de cielo, hasta el lugar donde había aparcado el primer día del curso. Dejó el coche e intentó volver sobre sus pasos exactamente hasta el claro donde había visto el cuervo. Su instinto de cazador le ay udó, recordando la forma de ese matorral y aquella raíz nudosa, hasta que se encontró en el espacio despejado rodeado por antiguos robles. Allí. Bajo aquel manto de hojas de un marrón deslucido, incluso aún podrían quedar algunos huesos del conejo. Aspirando con fuerza para tranquilizarse, para reunir sus Poderes, lanzó un pensamiento inquisitivo para sondear la zona. Y, por primera vez desde su llegada a Fell’s Church, percibió el parpadeo de una respuesta. Pero parecía débil y titubeante, y no consiguió localizarla en el espacio. Suspiró y giró… y se detuvo en seco. Damon estaba de pie ante é...

14

14 Elena sintió que se le ponía la carne de gallina al escuchar aquellas palabras. —No lo dices en serio —dijo con voz temblorosa. Recordó lo que había visto en el tejado, la sangre que embadurnaba los labios de Stefan, y se obligó a no rehuirle. —Stefan, te conozco. No podrías haber hecho eso… Él hizo caso omiso de sus protestas y siguió mirando fijamente con ojos que ardían como hielo verde en el fondo de un glaciar. Miraba a través de ella, a algo situado a una distancia inabarcable. —Mientras yacía en mi cama aquella noche, aguardé contra toda esperanza que ella acudiera. Empezaba a notar ya algunos cambios en mi persona. Veía mejor en la oscuridad; parecía que oía mejor. Me sentía más fuerte que nunca, lleno de una especie de energía elemental. Y estaba hambriento. » Era un hambre que jamás había imaginado. Durante la cena descubrí que la comida corriente y la bebida no servían para satisfacerla. No podía comprenderlo. Y entonces vi el cuello blanco de una de las cr...

13

13 Elena estaba de pie dentro del círculo de adultos y policías, aguardando una oportunidad de escapar. Sabía que Matt había avisado a Stefan a tiempo —su rostro se lo dijo—, pero no habían podido acercarse lo suficiente para hablar. Por fin, con la atención de todos puesta en el cadáver, pudo separarse del grupo y avanzó despacio hacia su amigo. —Stefan consiguió marcharse —dijo él, con los ojos puestos en el grupo de adultos—. Pero me dijo que cuidara de ti y quiero que permanezcas aquí. —¿Que cuidaras de mí? Alarma y desconfianza fulguraron a través de Elena. Entonces, casi en un susurro, dijo: —Entiendo. —Pensó un momento y luego habló con cuidado—: Matt, tengo que ir a lavarme las manos. Bonnie me manchó de sangre. Espera aquí; ahora vuelvo. Él intentó decir algo a modo de protesta, pero ella ya se alejaba. Alzó las manos manchadas a modo de explicación al llegar a la puerta del vestuario femenino, y el profesor que montaba guardia allí la dejó pasar. Una vez en el...

12

12 Elena giró despacio ante el espejo de cuerpo entero del dormitorio de tía Judith. Margaret estaba sentada a los pies de la enorme cama con dosel, con los ojos azules muy abiertos y solemnes en señal de admiración. —Ojalá tuviera un vestido como ése para ir a pedir caramelos por las casas —dijo. —Me gustas más vestida de gatita blanca —dijo Elena, depositando un beso entre las orejas de terciopelo blanco sujetas a la cinta que Margaret llevaba en la cabeza. Luego se volvió hacia su tía, de pie junto a la puerta con aguja e hilo listos. —Es perfecto —dijo con entusiasmo—. No hay que cambiar absolutamente nada. La muchacha del espejo podría haber salido de uno de los libros de Elena sobre el Renacimiento italiano. Garganta y hombros quedaban al descubierto, y el ceñido corpiño del vestido azul claro resaltaba su cintura. Las largas mangas abombadas estaban acuchilladas para mostrar por las aberturas la seda blanca de la camisa interior, y la amplia y envolvente falda ro...