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Para cuando llegó a su taquilla, el aturdimiento se disipaba y a y el nudo en su
garganta intentaba disolverse en lágrimas. Pero no lloraría en el instituto, se dijo,
no iba a hacerlo. Tras cerrar la taquilla, se encaminó a la salida principal.
Por segundo día consecutivo, regresaba a casa del instituto justo tras sonar la
última campana, y sola. Tía Judith no podría sobrellevarlo. Pero cuando Elena
llegó a su casa, el coche de tía Judith no estaba en la entrada; ella y Margaret
debían de haber ido al mercado. La casa estaba silenciosa y tranquila cuando
Elena abrió la puerta.
Agradeció la quietud; quería estar sola en aquellos momentos. Pero, por otra
parte, no sabía exactamente qué hacer consigo misma. Ahora que finalmente ya
podía llorar, descubrió que las lágrimas no acudían. Soltó la mochila sobre el
suelo del vestíbulo delantero y entró despacio en la sala de estar.
Era una habitación hermosa e imponente, la única parte de la casa además
del dormitorio de Elena que pertenecía a la construcción original. La primera
casa se había construido antes de 1861 y se había quemado casi por completo
durante la guerra de Secesión. Todo lo que se pudo salvar fue esa habitación, con
su elaborada chimenea enmarcada por molduras en forma de volutas, y el gran
dormitorio del piso superior. El bisabuelo del padre de Elena había construido una
nueva casa y los Gilbert habían vivido en ella desde entonces.
Elena giró para mirar por una de las ventanas que iban desde el suelo hasta el
techo. El cristal era antiguo y grueso y mostraba ondulaciones, y todo en el
exterior quedaba distorsionado, con un aspecto ligeramente sesgado. Recordó la
primera vez que su padre le había mostrado aquel viejo cristal con ondulaciones,
cuando ella era más joven aún de lo que Margaret era en la actualidad.
La sensación de ahogo había regresado a su garganta, pero las lágrimas
seguían sin acudir. Todo en su interior era contradictorio. No quería compañía, y
a la vez se sentía dolorosamente sola; realmente quería pensar, pero ahora que lo
intentaba, los pensamientos la esquivaban como ratones huyendo de una lechuza
blanca.
« Una lechuza blanca… ave de presa… devorador de carne… cuervo» ,
pensó. « El cuervo más grande que he visto nunca» , había dicho Matt.
Los ojos volvieron a escocerle. Pobre Matt. Le había herido, pero él se lo
había tomado muy bien. Incluso había sido amable con Stefan.
Stefan. Su corazón dio un baquetazo, violento, arrancando a sus ojos dos
lágrimas ardientes. Bueno, por fin lloraba. Lloraba de rabia y humillación y
frustración… ¿y qué más?
¿Qué había perdido en realidad ese día? ¿Qué sentía en realidad por aquel
desconocido, aquel Stefan Salvatore? Era un desafío, sí, y eso le hacía ser distinto,
interesante. Stefan era exótico…, excitante.
Resultaba curioso, justo lo que algunos chicos le habían dicho a veces a Elena
que ella era. Y más tarde se enteraba por ellos, o por sus amigos o hermanas, de
lo nerviosos que estaban antes de salir con ella, cómo se les ponían sudorosas las
palmas de las manos y sentían el estómago lleno de mariposas. A Elena esas
historias siempre le habían parecido divertidas. Ningún chico de los que había
conocido a lo largo de su vida la había puesto nerviosa.
Pero al hablar con Stefan hoy, su pulso se había acelerado y las rodillas
habían estado a punto de doblarse. Había tenido las palmas húmedas. Y no había
habido mariposas en su estómago…, había habido murciélagos.
¿Le interesaba el muchacho porque la ponía nerviosa? No era una buena
razón, se dijo. De hecho, era una muy mala razón.
Pero estaba también aquella boca. Aquella boca tan perfecta que hacía que
sus rodillas se doblaran con algo que no tenía nada que ver con el nerviosismo. Y
aquellos cabellos negros como la noche; sus dedos ansiaban entretejerse en su
suavidad. Aquel cuerpo ágil de musculatura plana, aquellas piernas largas… y
aquella voz. Fue su voz lo que la había decidido el día anterior, haciendo que se
sintiera totalmente empeñada en tenerle. Su voz había sido serena y desdeñosa al
hablar al señor Tanner, pero extrañamente persuasiva a pesar de todo. Se
preguntó si podría volverse misteriosa y oscura también, y cómo sonaría
pronunciando su nombre, susurrando su nombre…
—¡Elena!
Elena se sobresaltó, la ensoñación hecha pedazos. Pero no era Stefan
Salvatore quien la llamaba, era tía Judith que abría la puerta con un traqueteo.
—¿Elena? ¡Elena! —Y aquélla era Margaret, con la voz chillona y aflautada
—. ¿Estás en casa?
La desdicha volvió a embargar a la muchacha, y paseó la mirada por la
cocina. No estaba en condiciones de enfrentarse a las preguntas preocupadas de
su tía ni a la alegría inocente de Margaret en aquellos momentos. No con las
pestañas húmedas y nuevas lágrimas amenazando con aparecer en cualquier
instante. Tomó una decisión relámpago y se escabulló en silencio por la puerta
trasera mientras la puerta principal se cerraba de un portazo.
Una vez abandonado el porche trasero, y ya en el patio, vaciló. No quería
tropezarse con nadie conocido. Pero ¿adonde podía ir para estar sola?
La respuesta llegó casi al instante. Desde luego. Iría a ver a su madre y a su
padre.
Era una caminata bastante larga, casi hasta las afueras de la ciudad, pero
durante los últimos tres años se había convertido en algo acostumbrado para
Elena. Cruzó al otro lado del puente Wickery y ascendió la colina, pasando ante
la iglesia en ruinas. Luego descendió al pequeño valle situado abajo.
Aquella parte del cementerio estaba bien cuidada; era a la parte antigua a la
que se le permitía estar en un estado ligeramente salvaje. Aquí, la hierba estaba
pulcramente cortada, y ramos de flores ofrecían notas de vividos colores. Elena
se sentó junto a la gran lápida de mármol con la palabra « Gilbert» tallada en la
parte frontal.
—Hola, mamá. Hola, papá —murmuró.
Se inclinó sobre el lugar para depositar una flor violeta que había recogido de
camino. Luego dobló las piernas bajo el cuerpo y se quedó sentada.
Había ido allí a menudo tras el accidente. Margaret sólo tenía un año en el
momento del accidente de coche, y lo cierto era que no los recordaba. Pero
Elena sí. Dejó que su mente retrocediera para ojear recuerdos, y el nudo de su
garganta aumentó y las lágrimas salieron con más facilidad. Todavía los echaba
mucho de menos… Su madre, tan joven y hermosa, y su padre, con una sonrisa
que le arrugaba los ojos.
Tenía suerte de contar con tía Judith, desde luego. No todas las tías
abandonarían su empleo y volverían a vivir en una ciudad pequeña para hacerse
cargo de dos sobrinas huérfanas. Y Robert, el novio de tía Judith, era más un
padre adoptivo para Margaret que un futuro tío.
Pero Elena recordaba a sus padres. En ocasiones, justo después del funeral,
había acudido allí para enfurecerse con ellos, enfadada con ellos por haber sido
tan estúpidos como para matarse. Eso fue cuando no conocía muy bien a tía
Judith y sentía que ya no había ningún lugar en la tierra al que perteneciera.
¿Adonde pertenecía ahora?, se preguntó. La respuesta fácil era: allí, a Fell’s
Church, donde había vivido toda su vida. Pero últimamente la respuesta fácil
parecía equivocada. Últimamente sentía que debía existir algo más allá para ella,
algún lugar que reconocería en seguida y llamaría hogar.
Una sombra cayó sobre su persona y alzó los ojos sobresaltada. Por un
instante, las dos figuras de pie junto a ella resultaron extrañas, desconocidas,
vagamente amenazadoras. Las miró fijamente, paralizada.
—Elena —dijo nerviosamente la figura más pequeña, con las manos en las
caderas—, a veces realmente me preocupo por ti, realmente lo hago.
Elena pestañeó y luego lanzó una breve carcajada. Eran Bonnie y Meredith.
—¿Qué tiene que hacer una persona para conseguir un poco de intimidad por
aquí? —preguntó mientras ellas se sentaban.
—Decirnos que nos marchemos —sugirió Meredith, pero Elena se limitó a
encogerse de hombros.
Meredith y Bonnie habían acudido allí a menudo en su busca los meses
siguientes al accidente. De repente se sintió complacida por ello, y agradecida a
ambas. Aunque no hubiera nada más, tenía amigas que se preocupaban por ella.
No le importó si sabían que había estado llorando, aceptó el pañuelo de papel
arrugado que Bonnie le ofreció y se secó los ojos. Las tres permanecieron
sentadas en silencio durante un rato, observando cómo el viento alborotaba el
robledal del extremo del cementerio.
—Siento lo que sucedió esta mañana —dijo Bonnie por fin, en voz baja—.
Fue realmente terrible.
—Y tu segundo nombre es « Tacto» —dijo Meredith—. No pudo haber sido
tan malo, Elena.
—No estabas allí. —Elena se sintió enrojecer toda ella ante el recuerdo—. Sí
que fue terrible. Pero y a no me importa —añadió categórica, desafiante—. He
acabado con él. Ya no le quiero.
—¡Elena!
—No le quiero, Bonnie. Evidentemente piensa que es demasiado bueno
para… para los americanos. Así que puede coger esas gafas de sol de diseño y…
—Se escucharon resoplidos de risa procedentes de sus compañeras. Elena se
sonó la nariz y negó con la cabeza—. De todos modos —dijo, cambiando
decididamente de tema—, al menos Tanner parecía de mejor humor hoy.
Bonnie adoptó una expresión de mártir.
—¿Sabes que hizo que me apuntara para ser la primera en presentar la
exposición oral? De todos modos, no me importa. Voy a hacer el mío sobre los
druidas, y…
—¿Sobre qué?
—Druidas. Esos viejos raros que construy eron Stonehenge y hacían magia y
cosas así en la antigua Inglaterra. Desciendo de ellos; por eso soy médium.
Meredith lanzó un resoplido, pero Elena contempló con el entrecejo fruncido
la brizna de hierba que retorcía entre los dedos.
—Bonnie, ¿realmente viste algo en mi palma ayer? —preguntó súbitamente.
La muchacha vaciló.
—No lo sé —dijo por fin—. Creí verlo entonces. Pero a veces la imaginación
se me descontrola.
—Sabía que estabas aquí —observó Meredith inesperadamente—. Yo pensé
en mirar en la cafetería, pero Bonnie dijo: « Está en el cementerio» .
—¿Lo hice? —Bonnie pareció levemente sorprendida e impresionada—.
Bien, y a lo ves. Mi abuela de Edimburgo tiene el don de la clarividencia, y yo
también. Siempre salta una generación.
—Y desciendes de los druidas —dijo Meredith en voz solemne.
—¡Bueno, es cierto! En Escocia mantienen las viejas tradiciones. No te
creerías algunas de las cosas que hace mi abuela. Tiene un modo de averiguar
con quién te vas a casar y cuándo vas a morir. Me dijo que moriría joven.
—¡Bonnie!
—Lo hizo. Seré joven y hermosa dentro de mi ataúd. ¿No creéis que es
romántico?
—No, no lo creo. Creo que es repugnante —replicó Elena.
Las sombras se alargaban y el viento se había vuelto fresco.
—Así pues, ¿con quién te vas a casar, Bonnie? —terció Meredith con
habilidad.
—No lo sé. Mi abuela me contó el ritual para averiguarlo, pero jamás lo
probé. Por supuesto —Bonnie adoptó una pose sofisticada—, tiene que ser
escandalosamente rico y guapísimo. Como nuestro misterioso desconocido
moreno, por ejemplo. En especial, si nadie más le quiere. —Dirigió una mirada
traviesa a Elena.
Elena no picó el anzuelo.
—¿Qué hay de Tyler Smallwood? —murmuró inocentemente—. Su padre es,
desde luego, bastante rico.
—Y no es feo —estuvo de acuerdo Meredith en tono solemne—. Eso, desde
luego, si te gustan los animales. Todos esos enormes dientes blancos…
Las muchachas intercambiaron miradas y luego prorrumpieron en
carcajadas. Bonnie arrojó un puñado de hierba a Meredith, que se la sacudió de
encima y le arrojó un diente de león en respuesta. En algún momento en medio
de todo ello, Elena comprendió que iba a estar bien. Volvía a ser ella misma, no
estaba perdida, no era una desconocida, sino Elena Gilbert, la reina del Robert E.
Lee. Se quitó la cinta color crema del pelo y sacudió los cabellos alrededor del
rostro.
—He decidido sobre qué hacer mi exposición oral —dijo, contemplando con
ojos entrecerrados cómo Bonnie se pasaba los dedos por los rizos para quitar la
hierba.
—¿Qué será?
Elena echó la barbilla hacia arriba para contemplar el cielo rojo y morado de
encima de la colina. Aspiró pensativa y dejó que el suspense creciera por un
instante. Luego dijo con indiferencia:
—El Renacimiento italiano.
Bonnie y Meredith la miraron fijamente, luego se miraron entre sí y
prorrumpieron en fuertes carcajadas otra vez.
—¡Aja! —dijo Meredith cuando se recuperaron—. Así que el tigre regresa.
Elena le dedicó una mueca salvaje. Su conmocionada seguridad en sí misma
había regresado, y aunque no lo comprendía ni ella misma, sabía una cosa: no
iba a dejar que Stefan Salvatore escapara incólume.
—De acuerdo —indicó con vivacidad—. Ahora, escuchad vosotras dos.
Nadie más debe saber esto o seré el hazmerreír de la escuela. Y a Caroline le
encantaría tener cualquier excusa para hacerme aparecer ridicula. Pero todavía
quiero que sea mío y lo será. Aún no sé cómo, pero lo conseguiré. No obstante,
hasta que se me ocurra un plan, vamos a hacerle el vacío.
—¿Vamos?
—Sí, vamos. No puedes tenerle, Bonnie; es mío. Y hemos de poder confiar
completamente en ti.
—Aguarda un minuto —dijo Meredith con un brillo en los ojos.
Soltó el broche de esmalte de su blusa; luego, alzando el pulgar, le dio un veloz
pinchazo.
—Bonnie, dame tu mano.
—¿Por qué? —preguntó ésta, contemplando el alfiler con suspicacia.
—Porque quiero casarme contigo, ¿para qué crees, idiota?
—Pero… pero… Oh, vale. ¡Ay!
—Te toca, Elena. —Pinchó eficientemente el dedo de su amiga, y luego lo
oprimió para conseguir sacar una gota de sangre—. Ahora —prosiguió, mirando
a las otras dos con centelleantes ojos oscuros—, todas juntamos los pulgares y
juramos. Especialmente tú, Bonnie. Jura guardar este secreto y hacer todo lo que
Elena pida en relación a Stefan.
—Oíd, jurar con sangre es peligroso —protestó Bonnie en tono serio—.
Significa que tienes que mantener tu promesa suceda lo que suceda, sin importar
lo que sea, Meredith.
—Lo sé —respondió ésta inflexible—. Por eso te digo que lo hagas. Recuerdo
lo que sucedió con Michael Martin.
Bonnie torció el gesto.
—Eso fue hace años, y rompimos en seguida de todos modos y… Ah, de
acuerdo. Lo juraré. —Cerrando los ojos, dijo—: Juro mantener esto en secreto y
hacer todo lo que Elena pida respecto a Stefan.
Meredith repitió el juramento. Y Elena, con la vista fija en las sombras
pálidas de sus pulgares juntos en la creciente oscuridad, tomó una larga bocanada
de aire y dijo en voz baja:
—Y yo juro no descansar hasta que sea mío.
Una ráfaga de aire frío sopló a través del cementerio, echando hacia atrás los
cabellos de las muchachas y haciendo revolotear hojas secas por el suelo. Bonnie
lanzó una exclamación ahogada y se echó hacia atrás; todas miraron a su
alrededor, y luego lanzaron risitas nerviosas.
—Ha oscurecido —observó Elena, sorprendida.
—Será mejor que nos pongamos en camino hacia casa —dijo Meredith,
volviendo a sujetar el broche.
También Bonnie se puso en pie, introduciendo la punta del pulgar en la boca.
—Adiós —dijo Elena en voz baja, volviéndose hacia la lápida.
La flor violeta era una masa borrosa en el suelo. Recogió la cinta color crema
que descansaba junto a ella, dio media vuelta e hizo una seña con la cabeza a
Bonnie y a Meredith.
—Vámonos.
En silencio, se dirigieron colina arriba en dirección a la iglesia en ruinas. El
juramento hecho con sangre les había conferido a todas una sensación de
solemnidad, y al pasar ante la destrozada iglesia Bonnie se estremeció. Con la
puesta del sol, la temperatura había descendido bruscamente, y se alzaba viento.
Cada ráfaga enviaba susurros por entre la hierba y hacía que los viejos robles
agitaran ruidosamente las oscilantes hojas.
—Estoy helada —comentó Elena, deteniéndose por un instante ante el
agujero negro que en el pasado había sido la puerta de la iglesia y dirigiendo una
mirada al paisaje situado a sus pies.
La luna no había salido todavía y apenas se distinguían el cementerio antiguo
y el puente Wickery más allá. El antiguo cementerio se remontaba a los días de
la guerra de Secesión, y muchas lápidas mostraban nombres de soldados. Tenía
un aspecto salvaje; zarzas y maleza crecían sobre las tumbas, y enredaderas de
hiedra pululaban sobre pedazos de granito desmoronado. A Elena nunca le había
gustado.
—Tiene un aspecto distinto, ¿verdad? En la oscuridad, quiero decir —comentó
con voz vacilante.
No sabía cómo decir lo que en realidad quería indicar: que no era un lugar
para los vivos.
—Podríamos ir por el camino largo —propuso Meredith—. Pero eso
significaría otros veinte minutos de camino.
—No me importa ir por aquí —dijo Bonnie, tragando saliva con fuerza—.
Siempre dije que quería que me enterraran ahí, en el viejo.
—¡Quieres dejar de hablar sobre ser enterrada! —le soltó Elena, e inició el
descenso por la colina.
Pero cuanto más avanzaba por el estrecho sendero, más incómoda se sentía.
Aminoró el paso hasta que Bonnie y Meredith la alcanzaron. Cuando se
acercaban a la primera lápida, su corazón empezó a latir con fuerza. Intentó no
hacer caso, pero sentía un cosquilleo por toda la piel y el fino vello de sus brazos
se le puso de punta. Entre las ráfagas de viento, cada sonido parecía amplificado
de un modo horrible; el crujido de los tres pares de pies sobre el sendero cubierto
de hojas resultaba ensordecedor.
La iglesia en ruinas era ya una silueta negra detrás de ellas. El angosto
sendero conducía por entre las lápidas recubiertas de líquenes, muchas de las
cuales eran más altas que Meredith. Lo bastante grandes para que algo se
ocultara detrás, pensó Elena con inquietud. Algunas tumbas acobardaban, como
la que tenía un querubín que parecía un auténtico bebé, excepto que su cabeza se
había desprendido y la habían colocado con cuidado junto a su cuerpo. Los ojos
de granito abiertos de par en par carecían de expresión. Elena no podía apartar
los ojos de ella, y su corazón empezó a latir violentamente.
—¿Por qué nos detenemos? —preguntó Meredith.
—Yo sólo… Lo siento —murmuró Elena, pero cuando se obligó a dar la
vuelta se quedó rígida al instante—. ¿Bonnie? —dijo—. Bonnie, ¿qué sucede? —
Bonnie tenía la vista fija en el interior del cementerio, con los labios entreabiertos
y los ojos tan desorbitados e inexpresivos como el querubín de piedra. El miedo
recorrió el estómago de Elena—. Bonnie, para y a. ¡Para! No es divertido.
Bonnie no contestó.
—¡Bonnie! —llamó Meredith.
Elena y ella se miraron, y de repente Elena comprendió que tenía que salir
de allí. Giró en redondo para empezar a descender por el sendero, pero una voz
desconocida habló a su espalda, y se volvió sobresaltada.
—Elena —dijo la voz.
No era la voz de Bonnie, pero procedía de la boca de ésta. Pálida en la
oscuridad, Bonnie seguía con la mirada fija en el camposanto. Su rostro carecía
totalmente de expresión.
—Elena —repitió la voz, y añadió, a la vez que la cabeza de Bonnie se volvía
hacia ella—, hay alguien esperándote ahí fuera.
Elena nunca supo del todo qué sucedió en los minutos siguientes. Algo pareció
moverse por entre las oscuras formas jorobadas de las lápidas, agitándose y
alzándose entre ellas. Elena chilló y Meredith lanzó un grito, y acto seguido las
dos corrían y a, y Bonnie con ellas, chillando también.
Los pies de Elena aporreaban el estrecho sendero, tropezando con rocas y
terrones de tierra. Bonnie sollozaba intentando recuperar el aliento detrás de ella,
y Meredith, la tranquila y cínica Meredith, jadeaba violentamente. Se oyó una
repentina agitación y un chillido en un roble que se alzaba por encima de ellas, y
Elena descubrió que aún podía correr más de prisa.
—Hay algo detrás de nosotras —gritó Bonnie con voz aguda—. Oh, Dios,
¿qué está sucediendo?
—Hay que llegar al puente —jadeó Elena por entre el fuego que sentía en los
pulmones.
No sabía el motivo, pero sentía que debían conseguir llegar allí.
—¡No te detengas, Bonnie! ¡No mires atrás!
Agarró la manga de la muchacha y la obligó a darse la vuelta.
—No puedo hacerlo —sollozó Bonnie, llevándose una mano al costado
mientras aminoraba la marcha.
—Sí, claro que puedes —rugió Elena, volviendo a agarrar la manga de
Bonnie y obligándola a seguir en movimiento—. Vamos. ¡Vamos!
Vio el destello plateado del agua ante ellas. Y allí estaba el claro entre los
robles, y el puente, justo más allá. A Elena le flaqueaban las piernas y la
respiración le silbaba en la garganta, pero no pensaba rezagarse. Ya veía las
tablas de madera del puente peatonal, que estaba a seis metros, a tres, a un metro
y medio de ellas.
—¡Lo conseguimos! —jadeó Meredith mientras sus pies retumbaban sobre la
madera.
—¡No os detengáis! ¡Llegad al otro lado!
El puente crujió cuando lo cruzaron en una carrera tambaleante, las pisadas
resonando sobre el agua. En cuanto saltó sobre la tierra apisonada de la otra
orilla, Elena soltó por fin la manga de Bonnie y dejó que sus piernas se
detuvieran con un traspié.
Meredith tenía el cuerpo doblado, con las manos sobre los muslos, y respiraba
fatigosamente. Bonnie lloraba.
—¿Qué era? ¿Qué era? —inquirió—. ¿Todavía viene?
—Pensaba que tú eras la experta —dijo Meredith con voz insegura—. Por el
amor de Dios, Elena, vamonos de aquí.
—No, ahora ya pasó —susurró Elena.
Tenía lágrimas en los ojos y temblaba de pies a cabeza, pero el aliento
caliente sobre su cogote había desaparecido. El río se extendía entre ella y
aquello; las aguas eran un tumulto oscuro.
—No puede seguirnos aquí —siguió.
Meredith la miró fijamente, luego miró la otra orilla con sus robles apiñados,
a continuación miró a Bonnie. Se humedeció los labios y lanzó una breve
carcajada.
—Seguro. No puede seguirnos. Pero vay amos a casa de todos modos, ¿vale?
Amenos que tengáis ganas de pasar la noche aquí fuera.
Una especie de sensación indescriptible recorrió a Elena con un
estremecimiento.
—No, gracias —contestó, y rodeó con un brazo a Bonnie, que seguía
gimoteando—. Ya pasó, Bonnie. Estamos a salvo ahora. Vamos.
Meredith volvió a mirar al otro lado del río.
—¿Sabes?, no veo nada ahí atrás —dijo con la voz más tranquila—. A lo
mejor no había nada detrás de nosotras, al fin y al cabo; a lo mejor,
sencillamente nos entró el pánico y nos asustamos sin motivo. Con un poco de
ayuda de la sacerdotisa druida que tenemos aquí.
Elena no dijo nada cuando empezaron a andar, manteniéndose muy juntas en
el sendero de tierra. Pero se hacía preguntas. Se hacía muchas preguntas

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