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4 de septiembre
Querido diario:
Algo horrible va a suceder hoy.
No sé por qué escribí eso. Es de locos. No hay ningún motivo para que
me sienta inquieta y todos para que sea feliz, pero…
Pero aquí estoy a las 5.30 de la mañana, despierta y asustada. No hago
más que decirme que simplemente sucede que estoy hecha un lío debido a
la diferencia horaria entre Francia y aquí. Pero eso no explica por qué me
siento tan asustada. Tan perdida.
Anteayer, mientras tía Judith, Margaret y yo volvíamos del aeropuerto
en coche, tuve una sensación muy extraña. Cuando giramos en nuestra
calle, pensé de repente: «Mamá y papá nos están esperando en casa.
Apuesto a que estarán en el porche delantero o en la sala de estar mirando
por la ventana. Deben de haberme echado mucho de menos».
Lo sé. Es de locos.
Pero incluso cuando vi la casa y el porche delantero vacío seguí
sintiendo lo mismo. Subí corriendo los escalones y llamé con la aldaba. Y
cuando tía Judith abrió con la llave me precipité adentro y simplemente me
quedé en el vestíbulo escuchando, esperado oír a mamá bajar por la
escalera o a papá llamando desde el estudio.
Justo entonces, tía Judith soltó ruidosamente una maleta en el suelo
detrás de mí, lanzó un enorme suspiro y dijo: «Estamos en casa». Margaret
rió. Y me invadió la sensación más horrible que he tenido jamás. Nunca me
he sentido tan total y completamente perdida.
Casa. Estoy en casa. ¿Por qué suena eso como una mentira?
Nací aquí, en Fell’s Church. Siempre he vivido en esta casa, siempre.
Esta es mi misma vieja habitación, con la leve marca de quemadura en las
tablas del suelo donde Caroline y yo intentamos esconder cigarrillos en
quinto grado y estuvimos a punto de asfixiarnos. Puedo mirar por la
ventana y ver el enorme membrillo al que Matt y los chicos treparon para
colarse en la fiesta de pijamas de mi cumpleaños hace dos años. Ésta es mi
cama, mi silla, mi tocador.
Pero en estos momentos todo me parece extraño, como si yo no
perteneciera aquí. Soy yo la que está fuera de lugar. Y lo peor es que siento
que hay algún lugar al que pertenezco, sólo que no logro encontrarlo.
Ayer estaba demasiado cansada para ir a Orientación. Meredith
recogió mi programa por mí, pero yo no tuve ganas de hablar con ella por
teléfono. Tía Judith dijo a todos los que llamaban que tenía jet lag y dormía,
pero me observó durante la cena con una curiosa expresión en el rostro.
Tengo que ver a la pandilla hoy, no obstante. Se supone que debemos
encontrarnos en el aparcamiento antes del instituto. ¿Estoy asustada por
eso? ¿Les tengo miedo?
Elena Gilbert dejó de escribir. Contempló fijamente la última línea que había
escrito y luego meneó la cabeza, con la pluma cerniéndose sobre el pequeño
libro con tapa de terciopelo azul. Luego, con un gesto repentino, alzó la cabeza, y
arrojó pluma y libro a la gran ventana mirador, donde rebotaron
inofensivamente y aterrizaron sobre el tapizado asiento interior que había al pie
de la ventana.
Todo era tan totalmente ridículo…
¿Desde cuándo ella, Elena Gilbert, había tenido miedo de reunirse con gente?
¿Desde cuándo la había asustado nada? Se puso en pie y, llena de enfado,
introdujo los brazos en un quimono de seda roja. Ni siquiera echó una ojeada al
trabajado espejo Victoriano sobre el tocador de madera de cerezo; sabía lo que
vería. Elena Gilbert, rubia, esbelta y fantástica, la que marcaba tendencias, la
alumna de último curso de secundaria, la chica que todos los chicos deseaban y
que todas las chicas querían ser. La chica que justo en aquellos momentos
mostraba una cara de pocos amigos y tenía los labios apretados.
« Un baño caliente y un poco de café y me tranquilizaré» , pensó. El ritual
matutino de darse un baño y vestirse resultó relajante y se lo tomó con
parsimonia, revisando los nuevos conjuntos traídos de París. Finalmente eligió
una combinación de un top rojo y unos shorts blancos de lino que le daban un
aspecto muy atractivo. « Bastante apetitosa» , pensó, y el espejo mostró una
muchacha con una sonrisa inescrutable. Sus anteriores temores se habían
desvanecido, olvidados.
—¿Elena? ¿Dónde estás? ¡Llegarás tarde al instituto! —La voz ascendió
débilmente desde abajo.
Elena volvió a pasar el cepillo por su melena sedosa y la sujetó atrás con una
cinta de un rojo intenso. Luego cogió su mochila y descendió la escalera.
En la cocina, Margaret, de cuatro años, comía cereales sentada a la mesa, y
tía Judith cocinaba algo en los fogones. Tía Judith era la clase de mujer que
siempre parecía vagamente aturallada; tenía un rostro delgado y afable y un
cabello claro y lacio echado hacia atrás descuidadamente. Elena le dio un beso
en la mejilla.
—¡Buenos días a todo el mundo! Lamento no tener tiempo para desayunar.
—Pero, Elena, no puedes salir así sin comer. Necesitas tus proteínas…
—Comeré una rosquilla antes del instituto —respondió ella con vivacidad.
Depositó un beso en la rubia cabeza de Margaret y dio la vuelta para
marcharse.
—Pero, Elena…
—Y probablemente iré a casa de Bonnie o Meredith después de clase, de
modo que no me esperéis para cenar. ¡Adiós!
—Elena…
Elena estaba ya en la puerta principal. La cerró tras ella, cortando las
distantes protestas de tía Judith, y salió al porche delantero.
Y se detuvo.
Todas las malas sensaciones de la mañana volvieron a abalanzarse sobre ella.
La ansiedad, el miedo. Y la certeza de que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
La calle Maple estaba desierta. Las altas casas victorianas parecían extrañas
y silenciosas, como si todas estuvieran vacías por dentro, como las casas de un
plató abandonado. Parecían vacías de gente, pero llenas de extrañas cosas
vigilantes.
Eso era: algo la vigilaba. El cielo sobre su cabeza no era azul, sino lechoso y
opaco, como un cuenco gigante vuelto boca abajo. El aire era sofocante, y Elena
tuvo la seguridad de que había ojos observándola.
Vio algo oscuro en las ramas del viejo membrillo que había frente a la casa.
Era un cuervo, tan inmóvil como las hojas teñidas de amarillo de su
alrededor. Y era la cosa que la observaba.
Intentó decirse que era ridículo, pero en cierto modo lo sabía. Era el cuervo
más grande que había visto nunca, gordo y brillante, con arcos iris centelleando
en sus plumas negras. Podía ver cada detalle con claridad: las ávidas garras
oscuras, el afilado pico, el individual y centelleante ojo negro.
Estaba tan quieto que podría haber sido un modelo en cera de un ave
colocado allí. Pero mientras lo contemplaba fijamente, Elena se sintió enrojecer
poco a poco, el calor ascendiendo en oleadas por la garganta y las mejillas.
Porque… la miraba a ella. La miraba del modo con que los chicos la miraban
cuando llevaba un bañador o una blusa muy fina. Como si la desvistiera con los
ojos.
Antes de darse cuenta de lo que hacía, ya había soltado la mochila y cogido
una piedra de la entrada.
—¡Fuera de aquí! —dijo, y oyó la temblorosa cólera de su propia voz—.
¡Vamos! ¡Vete! —Con la última palabra, arrojó la piedra.
Hubo una explosión de hojas, pero el cuervo remontó el vuelo indemne. Las
alas eran enormes y hacían tanto ruido como toda una bandada de cuervos.
Elena se acuclilló, repentinamente presa del pánico, cuando el ave aleteó justo
por encima de su cabeza, alborotando sus cabellos rubios con el viento producido
por las alas.
Pero volvió a alzarse abruptamente y describió un círculo, una silueta negra
recortada en el cielo blanco como el papel. Luego, con un graznido ronco, giró y
se marchó en dirección al bosque.
Elena se irguió despacio, luego miró en derredor, cohibida. No podía creer lo
que acababa de hacer. Pero ahora que el pájaro se había ido, el cielo volvía a
parecer normal. Un leve viento agitó las hojas, y Elena aspiró profundamente.
Calle abajo, una puerta se abrió y varios niños salieron en tropel, riendo.
Elena les sonrió y volvió a tomar aire, sintiendo que una sensación de alivio la
inundaba igual que la luz solar. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Era un día
hermoso, que prometía mucho, y nada malo iba a suceder.
Nada malo iba a suceder; excepto que llegaría tarde al instituto. Toda la
pandilla la estaría aguardando en el aparcamiento.
Siempre podía contarles a todos que se había detenido para arrojarle piedras
a un mirón, se dijo, y casi soltó una risita divertida. Eso sí les daría algo en que
pensar.
Sin siquiera una mirada atrás al membrillo, empezó a andar tan de prisa
como pudo calle abajo.
El cuervo se abrió paso violentamente por entre la parte superior de un roble
enorme, y la cabeza de Stefan se alzó de golpe de un modo reflejo. Cuando vio
que no era más que un pájaro, se relajó.
Sus ojos descendieron hasta la blanca figura flácida en sus manos, y notó que
el rostro se le crispaba con pesar. No había querido matarlo. Habría cazado algo
may or que un conejo de haber sabido lo hambriento que estaba. Pero, claro, eso
era justo lo que lo asustaba: no saber nunca lo fuerte que sería el hambre, o qué
tendría que hacer para satisfacerla. Tenía suerte de haber matado sólo a un
conejo en esa ocasión.
Se puso en pie bajo los viejos robles, con la luz del sol filtrándose hasta sus
cabellos rizados. En téjanos y con una camiseta, Stefan Salvatore tenía todo el
aspecto de un alumno normal y corriente de secundaria.
No lo era.
Se había internado en lo más profundo del bosque, donde nadie podría verlo,
para alimentarse, y en aquellos momentos se pasaba la lengua a conciencia por
encías y labios, para asegurarse de que no había ninguna mancha en ellos. No
quería correr riesgos. Ya iba a ser bastante difícil llevar a cabo aquella
mascarada.
Por un momento se preguntó, una vez más, si no debería dejarlo correr. Quizá
debería regresar a Italia, de vuelta a su escondite. ¿Qué le hacía pensar que podía
reincorporarse al mundo de la luz diurna?
Pero estaba cansado de vivir en sombras. Estaba cansado de la oscuridad y
de las cosas que vivían en ella. Sobre todo, estaba cansado de estar solo.
No estaba seguro de por qué había escogido Fell’s Church, en Virginia. Era
una ciudad joven, según su criterio; los edificios más antiguos los habían
levantado hacía sólo un siglo y medio. Pero recuerdos y fantasmas de la guerra
de Secesión todavía vivían allí, tan reales como los supermercados y los locales
de comida rápida.
Stefan apreciaba el respeto por el pasado y pensaba que podría llegar a
gustarle la gente de Fell’s Church. Y a lo mejor —sólo a lo mejor— podría
encontrar un lugar entre ella.
Jamás le aceptarían por completo, desde luego. Una amarga sonrisa curvó
sus labios ante la idea. Sabía bien que no podía esperar eso. Jamás habría un lugar
al que pudiera pertenecer por completo, donde pudiera ser realmente él.
Amenos que eligiera pertenecer a las sombras…
Desechó la idea violentamente. Había renunciado a la oscuridad; había
dejado atrás las sombras. Estaba borrando todos aquellos largos años y
empezando otra vez, hoy.
Advirtió que todavía sostenía el conejo. Con suavidad, lo depositó sobre el
lecho de hojas secas de roble. A lo lejos, demasiado lejos para que el oído
humano lo captara, reconoció los sonidos de un zorro.
« Apresúrate, camarada cazador —pensó entristecido—. Te espera el
desay uno.»
Al echarse la chaqueta sobre los hombros, reparó en el cuervo que lo había
perturbado antes. Seguía posado en el roble y parecía observarle. Había algo que
resultaba impropio en él.
Empezó a lanzar un pensamiento de sondeo en su dirección, para examinar al
ave, y se detuvo. « Recuerda tu promesa —pensó—. No usarás los Poderes a
menos que sea absolutamente necesario. No a menos que no haya otra
posibilidad.»
Moviéndose casi en silencio por entre las hojas y las ramitas secas, se
encaminó hacia el linde del bosque. Su coche estaba aparcado allí. Miró hacia
atrás una vez y vio que el cuervo había abandonado las ramas y saltado sobre el
conejo.
Había algo siniestro en el modo en que extendía las alas sobre el cuerpo
blanco y flácido, algo siniestro y triunfal. A Stefan se le hizo un nudo en la
garganta y estuvo a punto de volver atrás para ahuy entar al pájaro. Con todo,
tenía tanto derecho a comer como el zorro, se dijo.
Tanto derecho como él mismo.
Si volvía a tropezarse con el ave, echaría una mirada en su mente, decidió.
Por el momento, apartó los ojos de él y corrió a través del bosque, con expresión
decidida. No quería llegar tarde al instituto de secundaria Robert E. Lee
4 de septiembre
Querido diario:
Algo horrible va a suceder hoy.
No sé por qué escribí eso. Es de locos. No hay ningún motivo para que
me sienta inquieta y todos para que sea feliz, pero…
Pero aquí estoy a las 5.30 de la mañana, despierta y asustada. No hago
más que decirme que simplemente sucede que estoy hecha un lío debido a
la diferencia horaria entre Francia y aquí. Pero eso no explica por qué me
siento tan asustada. Tan perdida.
Anteayer, mientras tía Judith, Margaret y yo volvíamos del aeropuerto
en coche, tuve una sensación muy extraña. Cuando giramos en nuestra
calle, pensé de repente: «Mamá y papá nos están esperando en casa.
Apuesto a que estarán en el porche delantero o en la sala de estar mirando
por la ventana. Deben de haberme echado mucho de menos».
Lo sé. Es de locos.
Pero incluso cuando vi la casa y el porche delantero vacío seguí
sintiendo lo mismo. Subí corriendo los escalones y llamé con la aldaba. Y
cuando tía Judith abrió con la llave me precipité adentro y simplemente me
quedé en el vestíbulo escuchando, esperado oír a mamá bajar por la
escalera o a papá llamando desde el estudio.
Justo entonces, tía Judith soltó ruidosamente una maleta en el suelo
detrás de mí, lanzó un enorme suspiro y dijo: «Estamos en casa». Margaret
rió. Y me invadió la sensación más horrible que he tenido jamás. Nunca me
he sentido tan total y completamente perdida.
Casa. Estoy en casa. ¿Por qué suena eso como una mentira?
Nací aquí, en Fell’s Church. Siempre he vivido en esta casa, siempre.
Esta es mi misma vieja habitación, con la leve marca de quemadura en las
tablas del suelo donde Caroline y yo intentamos esconder cigarrillos en
quinto grado y estuvimos a punto de asfixiarnos. Puedo mirar por la
ventana y ver el enorme membrillo al que Matt y los chicos treparon para
colarse en la fiesta de pijamas de mi cumpleaños hace dos años. Ésta es mi
cama, mi silla, mi tocador.
Pero en estos momentos todo me parece extraño, como si yo no
perteneciera aquí. Soy yo la que está fuera de lugar. Y lo peor es que siento
que hay algún lugar al que pertenezco, sólo que no logro encontrarlo.
Ayer estaba demasiado cansada para ir a Orientación. Meredith
recogió mi programa por mí, pero yo no tuve ganas de hablar con ella por
teléfono. Tía Judith dijo a todos los que llamaban que tenía jet lag y dormía,
pero me observó durante la cena con una curiosa expresión en el rostro.
Tengo que ver a la pandilla hoy, no obstante. Se supone que debemos
encontrarnos en el aparcamiento antes del instituto. ¿Estoy asustada por
eso? ¿Les tengo miedo?
Elena Gilbert dejó de escribir. Contempló fijamente la última línea que había
escrito y luego meneó la cabeza, con la pluma cerniéndose sobre el pequeño
libro con tapa de terciopelo azul. Luego, con un gesto repentino, alzó la cabeza, y
arrojó pluma y libro a la gran ventana mirador, donde rebotaron
inofensivamente y aterrizaron sobre el tapizado asiento interior que había al pie
de la ventana.
Todo era tan totalmente ridículo…
¿Desde cuándo ella, Elena Gilbert, había tenido miedo de reunirse con gente?
¿Desde cuándo la había asustado nada? Se puso en pie y, llena de enfado,
introdujo los brazos en un quimono de seda roja. Ni siquiera echó una ojeada al
trabajado espejo Victoriano sobre el tocador de madera de cerezo; sabía lo que
vería. Elena Gilbert, rubia, esbelta y fantástica, la que marcaba tendencias, la
alumna de último curso de secundaria, la chica que todos los chicos deseaban y
que todas las chicas querían ser. La chica que justo en aquellos momentos
mostraba una cara de pocos amigos y tenía los labios apretados.
« Un baño caliente y un poco de café y me tranquilizaré» , pensó. El ritual
matutino de darse un baño y vestirse resultó relajante y se lo tomó con
parsimonia, revisando los nuevos conjuntos traídos de París. Finalmente eligió
una combinación de un top rojo y unos shorts blancos de lino que le daban un
aspecto muy atractivo. « Bastante apetitosa» , pensó, y el espejo mostró una
muchacha con una sonrisa inescrutable. Sus anteriores temores se habían
desvanecido, olvidados.
—¿Elena? ¿Dónde estás? ¡Llegarás tarde al instituto! —La voz ascendió
débilmente desde abajo.
Elena volvió a pasar el cepillo por su melena sedosa y la sujetó atrás con una
cinta de un rojo intenso. Luego cogió su mochila y descendió la escalera.
En la cocina, Margaret, de cuatro años, comía cereales sentada a la mesa, y
tía Judith cocinaba algo en los fogones. Tía Judith era la clase de mujer que
siempre parecía vagamente aturallada; tenía un rostro delgado y afable y un
cabello claro y lacio echado hacia atrás descuidadamente. Elena le dio un beso
en la mejilla.
—¡Buenos días a todo el mundo! Lamento no tener tiempo para desayunar.
—Pero, Elena, no puedes salir así sin comer. Necesitas tus proteínas…
—Comeré una rosquilla antes del instituto —respondió ella con vivacidad.
Depositó un beso en la rubia cabeza de Margaret y dio la vuelta para
marcharse.
—Pero, Elena…
—Y probablemente iré a casa de Bonnie o Meredith después de clase, de
modo que no me esperéis para cenar. ¡Adiós!
—Elena…
Elena estaba ya en la puerta principal. La cerró tras ella, cortando las
distantes protestas de tía Judith, y salió al porche delantero.
Y se detuvo.
Todas las malas sensaciones de la mañana volvieron a abalanzarse sobre ella.
La ansiedad, el miedo. Y la certeza de que algo terrible estaba a punto de ocurrir.
La calle Maple estaba desierta. Las altas casas victorianas parecían extrañas
y silenciosas, como si todas estuvieran vacías por dentro, como las casas de un
plató abandonado. Parecían vacías de gente, pero llenas de extrañas cosas
vigilantes.
Eso era: algo la vigilaba. El cielo sobre su cabeza no era azul, sino lechoso y
opaco, como un cuenco gigante vuelto boca abajo. El aire era sofocante, y Elena
tuvo la seguridad de que había ojos observándola.
Vio algo oscuro en las ramas del viejo membrillo que había frente a la casa.
Era un cuervo, tan inmóvil como las hojas teñidas de amarillo de su
alrededor. Y era la cosa que la observaba.
Intentó decirse que era ridículo, pero en cierto modo lo sabía. Era el cuervo
más grande que había visto nunca, gordo y brillante, con arcos iris centelleando
en sus plumas negras. Podía ver cada detalle con claridad: las ávidas garras
oscuras, el afilado pico, el individual y centelleante ojo negro.
Estaba tan quieto que podría haber sido un modelo en cera de un ave
colocado allí. Pero mientras lo contemplaba fijamente, Elena se sintió enrojecer
poco a poco, el calor ascendiendo en oleadas por la garganta y las mejillas.
Porque… la miraba a ella. La miraba del modo con que los chicos la miraban
cuando llevaba un bañador o una blusa muy fina. Como si la desvistiera con los
ojos.
Antes de darse cuenta de lo que hacía, ya había soltado la mochila y cogido
una piedra de la entrada.
—¡Fuera de aquí! —dijo, y oyó la temblorosa cólera de su propia voz—.
¡Vamos! ¡Vete! —Con la última palabra, arrojó la piedra.
Hubo una explosión de hojas, pero el cuervo remontó el vuelo indemne. Las
alas eran enormes y hacían tanto ruido como toda una bandada de cuervos.
Elena se acuclilló, repentinamente presa del pánico, cuando el ave aleteó justo
por encima de su cabeza, alborotando sus cabellos rubios con el viento producido
por las alas.
Pero volvió a alzarse abruptamente y describió un círculo, una silueta negra
recortada en el cielo blanco como el papel. Luego, con un graznido ronco, giró y
se marchó en dirección al bosque.
Elena se irguió despacio, luego miró en derredor, cohibida. No podía creer lo
que acababa de hacer. Pero ahora que el pájaro se había ido, el cielo volvía a
parecer normal. Un leve viento agitó las hojas, y Elena aspiró profundamente.
Calle abajo, una puerta se abrió y varios niños salieron en tropel, riendo.
Elena les sonrió y volvió a tomar aire, sintiendo que una sensación de alivio la
inundaba igual que la luz solar. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Era un día
hermoso, que prometía mucho, y nada malo iba a suceder.
Nada malo iba a suceder; excepto que llegaría tarde al instituto. Toda la
pandilla la estaría aguardando en el aparcamiento.
Siempre podía contarles a todos que se había detenido para arrojarle piedras
a un mirón, se dijo, y casi soltó una risita divertida. Eso sí les daría algo en que
pensar.
Sin siquiera una mirada atrás al membrillo, empezó a andar tan de prisa
como pudo calle abajo.
El cuervo se abrió paso violentamente por entre la parte superior de un roble
enorme, y la cabeza de Stefan se alzó de golpe de un modo reflejo. Cuando vio
que no era más que un pájaro, se relajó.
Sus ojos descendieron hasta la blanca figura flácida en sus manos, y notó que
el rostro se le crispaba con pesar. No había querido matarlo. Habría cazado algo
may or que un conejo de haber sabido lo hambriento que estaba. Pero, claro, eso
era justo lo que lo asustaba: no saber nunca lo fuerte que sería el hambre, o qué
tendría que hacer para satisfacerla. Tenía suerte de haber matado sólo a un
conejo en esa ocasión.
Se puso en pie bajo los viejos robles, con la luz del sol filtrándose hasta sus
cabellos rizados. En téjanos y con una camiseta, Stefan Salvatore tenía todo el
aspecto de un alumno normal y corriente de secundaria.
No lo era.
Se había internado en lo más profundo del bosque, donde nadie podría verlo,
para alimentarse, y en aquellos momentos se pasaba la lengua a conciencia por
encías y labios, para asegurarse de que no había ninguna mancha en ellos. No
quería correr riesgos. Ya iba a ser bastante difícil llevar a cabo aquella
mascarada.
Por un momento se preguntó, una vez más, si no debería dejarlo correr. Quizá
debería regresar a Italia, de vuelta a su escondite. ¿Qué le hacía pensar que podía
reincorporarse al mundo de la luz diurna?
Pero estaba cansado de vivir en sombras. Estaba cansado de la oscuridad y
de las cosas que vivían en ella. Sobre todo, estaba cansado de estar solo.
No estaba seguro de por qué había escogido Fell’s Church, en Virginia. Era
una ciudad joven, según su criterio; los edificios más antiguos los habían
levantado hacía sólo un siglo y medio. Pero recuerdos y fantasmas de la guerra
de Secesión todavía vivían allí, tan reales como los supermercados y los locales
de comida rápida.
Stefan apreciaba el respeto por el pasado y pensaba que podría llegar a
gustarle la gente de Fell’s Church. Y a lo mejor —sólo a lo mejor— podría
encontrar un lugar entre ella.
Jamás le aceptarían por completo, desde luego. Una amarga sonrisa curvó
sus labios ante la idea. Sabía bien que no podía esperar eso. Jamás habría un lugar
al que pudiera pertenecer por completo, donde pudiera ser realmente él.
Amenos que eligiera pertenecer a las sombras…
Desechó la idea violentamente. Había renunciado a la oscuridad; había
dejado atrás las sombras. Estaba borrando todos aquellos largos años y
empezando otra vez, hoy.
Advirtió que todavía sostenía el conejo. Con suavidad, lo depositó sobre el
lecho de hojas secas de roble. A lo lejos, demasiado lejos para que el oído
humano lo captara, reconoció los sonidos de un zorro.
« Apresúrate, camarada cazador —pensó entristecido—. Te espera el
desay uno.»
Al echarse la chaqueta sobre los hombros, reparó en el cuervo que lo había
perturbado antes. Seguía posado en el roble y parecía observarle. Había algo que
resultaba impropio en él.
Empezó a lanzar un pensamiento de sondeo en su dirección, para examinar al
ave, y se detuvo. « Recuerda tu promesa —pensó—. No usarás los Poderes a
menos que sea absolutamente necesario. No a menos que no haya otra
posibilidad.»
Moviéndose casi en silencio por entre las hojas y las ramitas secas, se
encaminó hacia el linde del bosque. Su coche estaba aparcado allí. Miró hacia
atrás una vez y vio que el cuervo había abandonado las ramas y saltado sobre el
conejo.
Había algo siniestro en el modo en que extendía las alas sobre el cuerpo
blanco y flácido, algo siniestro y triunfal. A Stefan se le hizo un nudo en la
garganta y estuvo a punto de volver atrás para ahuy entar al pájaro. Con todo,
tenía tanto derecho a comer como el zorro, se dijo.
Tanto derecho como él mismo.
Si volvía a tropezarse con el ave, echaría una mirada en su mente, decidió.
Por el momento, apartó los ojos de él y corrió a través del bosque, con expresión
decidida. No quería llegar tarde al instituto de secundaria Robert E. Lee
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